Hace algunas semanas que les hablo a mis alumnos del liderazgo en la empresa -en efecto, me dedico a la docencia- y no me resisto a relacionar este concepto con el momento económico que estamos viviendo. Porque no se puede negar que esta crisis financiera, real y psicológica necesita urgentemente líderes valientes para subirse al caballo desbocado con algo más que unas recetas de manual.

En este sentido, no oculto que mi héroe, en este momento, es Pedro Solbes. Es el líder laissez-faire que opta por dejar hacer. Hay que tener nervios de acero para trabajar con alguien de esta calaña: parece que no le importa que todo se desmorone a su alrededor pero, en realidad, sabe que el camino a seguir es el autoajuste. No sé si los llamados liberales del PP se atreverían con tal forma de actuar. Lejos de ser un líder pasota, es resistente a la presión popular y no tiene ningún problema en reafirmar su autoridad si alguien pretende moverle la silla.

Claro que hay más estilos de liderazgo. Los hay que se atreven con ideas audaces, como Sarkozy y su sorprendente propuesta de reducción del IVA en los carburantes. Lo sorprendente no es la reducción de la carga fiscal, típica de la derecha, sino que esto se haga en un tributo indirecto y tan jugoso para las arcas públicas de cualquier economía. El francés ha perdido autoridad en los últimos tiempos y necesita recuperarla con iniciativas serias como esta. Espero que no caiga en saco roto.

No podemos olvidar que también hacen falta líderes contracorriente. Ahí tenemos a nuestro Zapatero, acorralado en medio de una Europa conservadora. Tiene el duro reto de hacer una política firme y responsable en materia de inmigración -para que Berlusconi, el líder populista, se contenga en sus declaraciones gratuitas- pero compatible con la cooperación al desarrollo del Sur económico. Por convicción ideológica y porque somos la puerta de entrada al Norte.

Por último, está el líder paternalista: no consulta a nadie cuando actúa, pero se mueve por el bien de todos. No necesita golpes de efecto como el francés porque su trayectoria es intachable. Y ya sabemos que la reputación, en economía, funciona como una variable más. Me estoy refiriendo a Trichet, que va camino de convertirse en la reserva moral de Eurolandia por su mano firme y sus ideas claras, en contraste con la ausencia de liderazgo real al otro lado del charco.

Jefecillos de estilo funcionario abundan en todas partes, pero ninguno sabe montar a caballo. No sé si alguno de los que he citado se caerá en una de estas. Pero antes de criticar habrá que preguntarse si hay alternativas. Y el que tenga algo que aportar, que dé un paso al frente.




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