El falo intermitente

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EL FALO INTERMITENTE

03-12-09

 

Cuando pensamos en la columna de hoy, nos acordamos, como tantas otras veces, de Montaigne y sus ensayos. Sobre todo lo posible habló, pues dictaba más que escribía (todos los nobles cultos con un torreón biblioteca, tienen un secretario, un escribiente), y nada escapó a su acerada observación, su afortunado  juicio y su inconfundible estilo, tan moderno nos parece ahora. Parece mentira que fuera un hombre del siglo XVI, tan lejos y tan cercano en lo que siempre nos cuenta.

Si hubiera que retener sólo dos libros de todos los posibles, uno sería sus Ensayos, y el otro la memoria perdida y recobrada de Marcel Proust. Qué casualidad, los dos son franceses. Seremos unos afrancesados sin saberlo. Qué más da lo que seamos.

Montaigne habló tanto y tan bien sobre todo, que hasta habló del falo intermitente, o de las intermitencias del falo. Quién habló (y de forma majestuosa y única) de las intermitencias del corazón fue Proust. La verdad, no nos imaginamos a Montaigne hablando de la intermitencias del corazón. Nos reservamos sus opiniones sobre las mujeres en general, que no eran muy favorables, y por respeto a nuestras queridas y admiradas lectoras.

Centrémonos en el tema, que nos vamos por los Cerros de Úbeda, marca también de un aceite de oliva virgen que hemos probado, entre otras  docenas de aceites que hemos catado, en busca no del tiempo perdido, pero del aceite perfecto nunca tenido. Qué fastidio de rimas. Pues no lo cambiamos.

El falo intermitente. Recordamos vagamente las palabras de Montaigne. Se lamentaba de la poca paciencia y comprensión de las mujeres con nuestro falo intermitente, que pensaban que era una especie de grúa fálica que uno levanta a su voluntad. Qué equivocadas estaban, señoras. Presten atención, damas, porque hoy explicaremos los misterios del falo intermitente, y de cómo hacerlo termitente.

El falo es más un órgano cerebral que genital. Es nuestro cerebro de hombres, pero con una terminación nerviosa que acaba en forma del conocido falo. Nada más. Si existe el falo intermitente, es nuestra mente en verdad la que origina las intermitencias. Un pensar termitente, provoca un falo no intermitente. Así de sencillo.

Esa expresión tan cursi: disfunción eréctil. Quién no ha sufrido una gatillazo, vamos que no se te empalma ni aunque te concentres y te salga hasta humo de la cabeza. O quién no la ha tenido alguna vez morcillona, floja, como de goma espuma, tan blanda que se dobla como una lanza de goma, de juguete, herrumbrosa, y no puede entrar en el mayor tesoro de una mujer. Que levante la mano el que no lo haya experimentado nunca, y se delatará como un bellaco mentiroso.

No pasa nada: es el falo intermitente. Pues hay que hacerlo termitente.

Como tantas cosas en la vida, la experiencia es un grado. Sí, ya sabemos: más sabe el diablo por viejo que por sabio. De la misma manera que nadie nace hablando idiomas extranjeros, y tiene que aplicarse y esforzarse en aprenderlos, así nadie nace con un falo termitente: toda nuestra vida es un aprendizaje, y cuando ya sabemos algo de todo (no todo de algo), nos morimos. Menuda putada.

El primer paso para tener un muy  fiable y muy obediente falo, es aprender a conocerse. No físicamente, que es obvio, y que ya desde pequeñitos nos vamos descubriendo, sino mentalmente. Saber manejar nuestros impulsos, nuestros deseos, decir no aunque queramos decir sí,  es un buen comienzo. El ansia conlleva la impaciencia, y así a la prisa. Malas compañías para un buen falo.  Una mente apresurada origina actos apresurados. Necesitamos una mente lenta, contemplativa, reflexiva: nuestro falo, que tan sólo es una extensión más de nuestro cerebro, como pueden ser los ojos, por ejemplo, aparece entonces pleno, puntual y poderoso. Hay que llegar a hacer lo que uno quiera con su falo, y no al revés: no lo que quiera hacer el falo con uno. Eso no mola nada. En la vida no hemos sido siervos de nadie, cómo para aceptar la servidumbre que nos impone nuestro caprichoso y voluble falo. Pues no. El falo soy yo, igual que ZP dice que el Estado soy yo. La hostia con el ZP.

Es posible que en la juventud tenga uno más hormonas, más teórica potencia, como así los coches nuevos tienen más caballos,  y uno se pase casi todo el día empalmado y haciéndose pajas, como esos monos de algunos documentales. Pero, ay, cuántas veces de jóvenes nos ha abandonado nuestro falo, y se ha echado una inoportuna siesta, o ha cumplido con su trabajo demasiada prisa, y deja a una mujer desconsolada y toda cachonda!

El falo intermitente. Ya lo hemos convertido en falo termitente. Ya sólo le queda ser el falo esplendente.

Será, pues, el tema de la columna de mañana. 

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