La juventud de Madrid ha iniciado hace unos días una concentración pacifica, algo nunca visto, reivindicando dos cosas sobre todo: Una regeneración política –no más corrupción- y un sistema de economía no especulativo. Quieren una democracia real, no una pantomima o un sucedáneo.
Ha sido una agradable sorpresa, por varios motivos:
1. Habían subestimado a la juventud, gran error
2. No ha habido politización del movimiento
3. Ha sorprendido a la clase política
4. Han escogido las mejores fechas, previas a unas elecciones
5. Se han hecho oír en el mundo entero
6. Es posiblemente el preludio de algo más intenso, si no se corrige el sistema
7. Van a hacer reflexionar a algunos y asustar a otros
8. Han demostrado su capacidad de organización y civismo
9. Pueden abrir el camino de una tercera vía, hoy inexistente
10. A lo mejor, crean escuela.
Ya no existe eso de izquierda o derecha, términos anacrónicos. Todos somos progresistas, conservadores, liberales o reformistas. Etiquetarnos en una u otra definición es tratar de engañarnos. ¿Quién no quiere que la sociedad progrese o que conserve algunos valores, principios o costumbres que han permanecido a lo largo del tiempo? ¿Quién no es liberal, fundamento de la democracia o reformista, para mejorar lo que no funciona en algunos aspectos?
Por eso no necesitamos políticos que ellos solos se autodefinen con una u otra calificación. No. Lo que necesitamos son políticos con vocación. Gestores honrados y honestos. Con capacidad de sacrificio, que luchan por el interés público por encima del interés propio. Por que la política no es solo una profesión o una ciencia o un modo de ganarse la vida. La política ante todo es vocacional, sus sueldos aparentemente no son exagerados, un ministro o un alcalde de una gran ciudad, ganan lo que un ejecutivo de tipo medio. Muy lejos de los sueldos de un presidente, consejero delegado o director general de una gran empresa. Aquí se presenta una gran paradoja, ¿Cómo es esto posible?. Un alcalde de una gran ciudad, por poner un ejemplo, con dos o tres millones de ciudadanos, gana menos que un jefe de personal de una empresa de 1.000 empleados. Su poder decisorio es infinitamente más grande, mueve una cantidad de dinero superior.
Por lo que la primera reforma debería de ser reducir los cargos públicos a lo estrictamente necesario, acabar con el “pesebre político” y remunerar adecuadamente a los “gestores” de las AA.PP.
La segunda reforma, crear una legislación contra la corrupción, clara y contundente, que le quiten a uno las ganas de pensar en “meter la mano” a los caudales públicos.
Y la tercera, ponerse a trabajar de verdad. Sin dejarse llevar por el interés de unos pocos en perjuicio de muchos. Hay que acabar con ese nuevo feudalismo que nos quieren imponer.
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