1. Dos realidades futuras (si se permite).
Demasiada inmigración, hemos dicho, matará la inmigración. Y será entonces el momento de volver a planteamientos inmigratorios mucho más selectivos34. Pero esas compuertas en muchos países abiertas de par en par35 nos van a dejar dos lamentables herencias. La primera es la evolución divergente, aquí, de la situación del obrero y del patrono. Asemejan una autopista, es decir de doble vía, donde se circula en paralelo pero en sentido inverso: el obrero hacia atrás y el patrono hacia delante. Este último se apoya en la complicidad del Estado, de los sindicatos, del poder mediático y del eclesiástico para ganar dinero como nunca. Y como con la inmigración clásica parece no bastar para detener esa bulimia de ganancias, pues les llevamos las empresas a casa: así en España según noticia del 04-12-05 “los beneficios empresariales siguen creciendo más del 20% mientras la economía crece un 3,5%...”36, pero un tal Instituto de Estudios Económicos “ligado a la CEOE”…. recomienda a las empresas que se trasladen a países con costes más bajos”37. Aquí, en España, o no hay datos o, sencillamente, no los dan; pero en Francia han quedado muy tocados por las deslocalizaciones sectores como el textil, la vestimenta, y el cuero, los electrodomésticos y el electrónico y se calcula la disminución de puestos de trabajo desde 1.270.00 en 1980 a 670.000 en el 200238.
Habitualmente, los inmigrantes son los primeros en poner el grito en el cielo cuando se habla de restringir la inmigración, y, sin embargo, una inmigración excesiva les perjudica tanto como al trabajador foráneo. No es sólo que el salario del Nacional esté estancado, sino que, además en el 2005, el sueldo real de cada extranjero cayó un 2%. Pensando en toda Europa, escribe Serge Maury39, que “alentar irresponsablemente una inmigración masiva constituye un crimen cara a millones de inmigrantes ya instalados, en situación legal o no, cuyas condiciones de existencia de vivienda, de trabajo constituyen un escándalo. Toda nueva explosión migratoria hace retroceder sus posibilidades de acceder a una vida decente”.
Segunda gran cuestión: el racismo. Y un cosa es condenar el nazismo por lo que fue, es decir, un régimen autoritario, xenófobo e imperialista, y otra cosa tragarse todo lo que la propaganda de la postguerra ha dicho sobre él. Por ejemplo, el antisemitismo antijudío fue central en el nazismo pero, créalo o no el lector, el nazismo incorpora el racismo en general como un elemento más, y no central. Y, sobre los trabajos del báltico Alfred Rosenberg empeñado en demostrarla superioridad de la “raza germánica”, es conocido el sarcasmo de Hitler según el cual “Cuando Roma era ya Roma, los germanos aún vestíamos pieles de oso”40. Y no se conocen restricciones impuestas a los/as ciudadanos/as alemanes/as para contraer nupcias con las/os demás ciudadanos/as europeos/as excepto la chorrada de ser “arios”. Paradójicamente sin embargo, se equivocaba Maurice Bardeche, el mayor teórico del fascismo en la postguerra41, cuando afirma que nunca se había visto no
quedar nada de un régimen que fuera tan popular. Nos guste o no: algo quedó, quizá porque responde a un elemento básico de la biología del comportamiento, cual es la llamada “ley de proximidad genética”. Y ésta nos dice que el grado de sacrificio para con otra persona está en función directa de la similitud genética. Es decir, que excepto sometiéndose a un autocontrol decidido, primero cuido a mis hijos, luego a sus primos, y sólo en tercer lugar al vecinito de la esquina. El racismo lo llevamos pues en los genes, nos guste o no. Y combatirlo requiere un nivel de conciencia y de voluntad no desdeñable. Pero, si lo llevamos en los genes, significa que cualquier error, cualquier abuso, cualquier sobrepasamiento o descuido le beneficia. Y por ello el racismo parece la única herencia del nazismo destinada a sobrevivir, y a expandirse si no se la controla, y a hacer inútiles los esfuerzos en contra si se dejan crear condiciones objetivas favorables para su alimentación. Más aún: cuando se produce sobreinmigración, se produce esa cosa tan aparentemente inesperada como la que describen Sami Nair y Enzensberger Nair: “el inmigrante, una vez integrado se vuelve… intolerante hacia los extranjeros e inmigrantes que llegan posteriormente”. Enzensberger: “Dos viajeros en un comportamiento de tren… Están confortablemente instalados, como en su casa… Las plazas libres están ocupadas por periódicos, abrigos, bolsas. Se abre la puerta y entran otros dos viajeros. Manifiestamente existe repugnancia en apretujarse, en liberar los asientos libres y espacio para las nuevas maletas. Los dos primeros viajeros, aunque no se conozcan, manifiestan una sorprendente solidaridad. Frente a los recién llegados, se comportan como un grupo. Se está disponiendo de su territorio. Cualquier que en él penetra es considerado un intruso. Se sienten naturalmente como la gente del país, del que reivindican la totalidad del espacio. No es una visión racional de las cosas. Pero está muy anclada en ellos. [Sólo que] he aquí, ahora, que otros dos viajeros más abren la puerta del comportamiento. El estatus de los dos que previamente han llegado se modifica en el mismo instante. Eran intrusos, marginales; helos aquí, de pronto, transformados en autóctonos. Desde ese momento, forman parte del clan de los sedentarios, propietarios del compartimiento, reivindicando todos los privilegios que se atribuían los predecesores. Paradójicamente defienden así un territorio <<patrimonial>> [y] no sienten la menor simpatía por esos últimos llegados…. Téngase en cuenta que todo el proceso está condicionado (a la postre, determinado) entre otros, pero con especial inmediatez, por la capacidad del departamento… variable en función, volvamos a tierra, de factores económicos a su vez condicionados por la no tendencia al empobrecimiento per cápita de los ocupantes “instalados” e incluso por la no tendencia a la merma de sus expectativas”42. Por ello es por lo que cada vez más inmigrantes en Francia votan por Le Pen o por Sarkozy.
Las gentes de a pie piden protección para el Pueblo frente a la mundialización y sus consecuencias (inmigraciones y deslocalizaciones masivas; arbitraria circulación de capitales; sometimiento de los bancos centrales a los imperativos del mercado, es decir a los 2000 nombres de oligarcas dominantes), y ello es absolutamente normal. Y si defender ese punto de vista es populismo o/y proteccionismo ¡pues bienvenido sean! Alguien tiene que contraponer los intereses del pueblo a los de las elites. El peligro no reside en defender al Pueblo, que falta hace, sino en qué se entiende por este, y el exceso de inmigración puede transformar la oleada populista vislumbrada43 en un tsunami etno-populista que implique a sociedades duales, con blancos protegidos por una parte, y otras poblaciones incitadas de una forma u otra a retornar a sus países de origen. Así, pueden coexistir en el tiempo, y en relación a un país como Canadá, país impensable sin la inmigración, dos noticias: la primera, del 12-12-05 explica que “Canadá quiere aún más inmigrantes. Modelo de integración, este país vive la inmigración como un enriquecimiento”44; la segunda: “Fin del sueño multicultural: Canadá figuró mucho tiempo como modélico en materia de integración. Pero con la llegada masiva de nuevos inmigrantes no europeos, el país descubre la exclusión y el racismo”45. Todo lo anterior explica la alarma de ver “un racismo inquieto, más locuaz y más agresivo sustituir a un racismo tranquilo”
45 Más del 50% de los canadienses creen que hay demasiados inmigrantes; 40% creen que la contribución de los inmigrantes a la riqueza del país depende de su origen étnico, y que los europeos si que contribuyen mas (80%) seguidos por los asiáticos (59%), los surasiáticos (45%) y lejos los caribeños (33%). En 1981 había 6 enclaves étnicos, hoy son 254… Ver Courrier internacional del 06-12-06, pág. 64 y ss.