Los economistas diréis lo que queráis y quizá el mercado sea la mejor forma de optimizar los recursos (aunque lo dudo) pero que el mercado dejado a su libre arbitrio genera monopolio es algo que no he dejado de ver a lo largo de mi ya no tan corta existencia.
La prueba del nueve es que los estados tengan que dictar leyes antimonopilistas.
Y ahora permíteme que argumente a favor de la racionalidad de esas almas de dios, de esos benditos seres integrantes de cualquier asamblea de jerifaltes detentadores de un poder oligopolístico. Como pudieran ser los tres mandamases de las tres empresas (una rusa, una canadiense y otra estadounidense) que controlan el mercado mundial de los abonos fosfóricos y potásicos (el nitrógeno es caso aparte) que cuando el precio de los cereales se dobló a nivel mundial, las tres al unísono decidieron triplicar sus precios. ¿Necesitaron irse de putas de lujo o comerse a un niño crudo para sellar el acuerdo que a cualquiera nos parece evidente que hubo? Pensemos que, quizá, por haber llegado a ese puestazo sean ya unos ancianos venerables y muy avisados.
Ya sé que en el mundo no hay un gobierno que pueda dictar una ley antimonopolio a nivel mundial; pero razonemos como si lo hubiere.
Y a ese supuesto gobierno los ancianos le dirían: pero ¿Qué queréis que hagamos, que compitamos entre nosotros? Ved que si realmente lo hiciéramos, y la competencia fuera del estilo feroz que bien conocemos pues nos ha traído hasta aquí, solo una de las tres empresas sobreviviría. Lo cual sería una terrible inconveniencia para todos; para el estado que se vería frente a una única empresa monopolista contra la que debería actuar por ley dividiéndola, para las empresas que desaparecieran (como es obvio) y también para la empresa vencedora que habría incurrido en el delito gravísimo de ser única y sería controlada y fiscalizada por el gobierno. ¿No será mejor dejarlo como está? Juguemos al juego de las apariencias, hagamos que parezca que competimos, guardemos las formas, seamos inteligentes. Y los ancianos sellarán sus acuerdos sabiendo que el estado estará silbando mirando para otro lado, si el estado es racional.
¿Es posible una economía ecologista? Y no me refiero a una economía que contemple la escasez de los recursos del planeta, que también, sino a una economía que contemple las actividades económicas como relaciones predador presa, ocupación de nichos ecológicos etc; es decir, lo que empezó siendo la ciencia ecológica. Si fuera posible, veríamos que quizá en mercados nacientes y en algunos casos raros, la libre competencia de las empresas es como la describe la teoría económica. Pero en los mercados viejos y necesarios los nichos ecológicos están muy ocupados y la competencia entre las empresas es lo que menos importa, de lo que se trata es de asegurar la parte de pastel de la presa. Me explico. Si algún periodista disidente acusara a los ancianos de haberse puesto de acuerdo y por tanto haber infringido la ley; le contestarían: “En absoluto, lo que ocurre es que los tres somos gente muy avisada y sabemos de qué va la cosa. – miraría con una sonrisa compasiva al periodista y seguiría – competimos entre nosotros, ¡por supuesto! Pero sobre todo competimos con otros sectores, con otros predadores. Hemos conseguido durante decenios de ardua lucha ocupar el 23% de los costes de producción de los agricultores y no vamos a ceder sin más nuestras posiciones frente al sector de los sulfatos,de las semillas o, peor aún, frente al beneficio del agricultor.
Y mentiría con absoluto descaro, con la cara de bendito jugador de poker que se sabe impune pues a sus fechorías las bendice la Ley del Mercado.