Todos solemos aplicar una forma muy curiosa del método de razonamiento “La navaja de occam”: http://es.wikipedia.org/wiki/Navaja_de_Occam.: “No ha de presumirse la existencia de más cosas que las absolutamente necesarias”.
Es decir, cuando se producen acontecimientos muy complejos que dependen de muchas premisas, resulta mucho más “intuitivo” reducirlas a unas pocas, mucho más manejables, no necesariamente ciertas, y que se alineen con nuestras conclusiones; que frecuentemente suelen preceder a nuestros razonamientos.
Siempre resulta mucho más cómodo y clarificador recurrir a las tesis conspiracionistas que aceptar una pila de informes técnicos o investigaciones validadas y contrastadas. Para que molestarse asimilando mucha información y perder tiempo sospesando razonamientos si ya sabemos que alguien nos pretende engañar.
En cuanto a las conspiraciones, personalmente pienso que los “poderes fácticos” suelen actuar con mucha estupidez cuando intentan modificar la realidad, pues esta depende de tantos factores que es imposible organizarla de tal manera que los acontecimientos se sucedan tal y como ellos esperan. Resulta mucho más fácil y económico obtener las oportunidades directamente de los acontecimientos, haberlas hailas, y como mucho, tratar de propagar visiones e informaciones distorsionadas de la realidad presente y pasada para proyectarlas hacia el futuro. Desgraciadamente casi toda opinión, por no decir todas, independiente del poder que sus transmisores ejerzan o quieran ejercer, parten de una visión distorsionada de la realidad amoldada a conclusiones previas.
Ejemplo. Quiero vender un producto que ayuda a disminuir el colesterol. Puedo pagar a los médicos para que falsifiquen los análisis clínicos o pagar a los productores de alimentos para que vendan productos que aumenten el colesterol o pagar a los ganaderos para que droguen a los animales, etc. De esta manera, tratando de alterar directamente la realidad puedo conseguir resultados totalmente negativos. En cambio puedo hacer una campaña publicitaria insistiendo en que el colesterol es un factor de riesgo impredecible y que nos valemos de diez excusas para negar esa “evidencia”. Resultaría mucho más efectivo, más económico y con menos riesgos. No hay nada más amenazador para el ser humano que un riesgo difuso.
Resulta muy costoso alterar la realidad. Las guerras son un recurso muy utilizado y rara vez los que obtienen beneficios son los que las provocan. (Curiosamente, suelen pasar como tales)
Para tratar de clarificar mi pensamiento suelo recurrir a un método: Parto de la premisa de que la información que recibo contiene una mezcla de elementos objetivos y subjetivos que es necesario decantar. Acepto como válidos únicamente los elementos objetivos que estén basados en evidencias suficientemente contrastadas. Diferencio los elementos subjetivos que se presentan como causa, de los que se presentan como consecuencia, si son discordantes, tengo que decantarme por uno de ellos. Ejemplo. Elemento objetivo. Se bombardean cinco estaciones de radar en Irak en una operación conjunta EEUU-Reino Unido. Elementos subjetivos: 1º Se ha realizado “Esa costosa operación” para desviar la atención de Mónica Levinski y se acusa al gobierno de gastar dinero de los ciudadanos para tal fin 2º Se utiliza ese elemento objetivo para reconducir la atención a Mónica Levniski, y desprestigiar al gobierno siempre que se hable de esa operación”. ¿Qué es más costoso y eficiente, crear la realidad o valerse de ella para incidir en la opinión pública? ¿Si resultan perfectamente predecibles las consecuencias, se arriesgarán a tratar de cambiar la realidad?
Pensar que todos los grupos de poder, formados por individuos con intereses que pueden ser contrapuestos en algún momento, convergen en un único órgano dirigente extremadamente eficiente me parece absurdo