A mi se me ocurre algo mucho mejor:
Convertir en dinero contante y sonante todo tu patrimonio.
Ingresarlo en el Banco del Vaticano.
Pactar con Don Benedicto que una vez fallecido, se hará una trasferencia al Más Allá por la totalidad del saldo. Eso sí, previo descuento de una suculenta comisión, no vaya a ser que la Iglesia se quede sin nada.
En el Valle de Lágrimas sólo dejaríamos unas cuantas deudas, por si algún alma piedosa quiere hacerse cargo de ellas.
Si la comisión es generosa el paraiso estaría asegurado.