(Tercera parte, y perdón por enrrollarme tanto)
Realidad tres. Asómbrense, señores: la Administración es por definición un órgano ineficiente. Y digo "por definición", porque muchas de las tareas que realizan no siguen criterios de eficiencia o beneficio.
Eso es inevitable. Imaginaos una ciudad donde el servicio de bomberos se organizara siguiendo criterios de rentabilidad. O un servicio de Protección Civil que tuviera que echar cuentas antes de irse al monte a buscar a un montañero perdido. O una Policía que, calculadora en mano, decida que a Marta del Castillo la va a ir a buscar su padre porque resulta demasiado caro.
El ejemplo de la sanidad es claro. Mucho hablar de la sanidad privada, pero los mejores equipos y personal se encuentran en la pública. Y es lógico: ningún hospital privado se gastará diez millones de euros en un TAC que no van a rentabilizar económicamente. Es mejor alquilar el que está en el hospital público, ese que el Gobierno pagó religiosamente.
Así que recapitulemos. Ahorrar gastos en la Administración es posible, pero que nadie espere milagros. Por consiguiente, no hay más salida que subir los impuestos. ¿Cuales? Pues siguiendo el Primer Criterio de Baremación Política Inamovible, de menos a más impopular. A igualdad de impopularidad, el que la gente se trague más fácilmente.
Y en eso estamos. Primero echarán mano a impuestos indirectos sobre alcohol, tabaco, gasolina, etc, porque saben que todo buen español se quita de comer antes de dejar el volante o el cigarrillo. El IVA ni tocarlo, porque es algo que la gente ve y sufre cada vez que compra algo (por no hablar del efecto en el consumo).
¿Qué queda? Impuestos directos. ¿Cuáles? Pues, aplicando el Axioma Rico=Malo, los que toquen las narices a las rentas altas o media-altas: tramos altos de IRPF, capital, dividendos, plusvalías, etc.
Y ya veremos lo que tardan en tocar las pensiones (p. ej. reducción de deducciones, impuestos al retirar el capital). Que en este país el Gobierno siempre ha sido experto en llevar a las ovejitas a un prado verde, dejarlas pastar, y cuando se encuentran en su salsa, poner la cerca, cerrar la puerta y comenzar a esquilar.