Lo que a mí me sigue sorprendiendo es que para alcanzar un acuerdo, la sangre siempre debe llegar al río.
El mensaje que se transmite, y creo que lamentablemente, a veces se cumple es:
Hay que cortar un puente, destrozar las propiedades de la empresa o directamente transformarse por arte de birlibirloque en un encapuchado y arrasar con todo. Si se hace eso, irá mejor, o en el peor de los casos, habrá una mejor indemnización. Diabólico, pero como se ve en los medios de comunicación, efectivo.
El problema viene cuando la empresa no cierra (si, he dicho no cierra) y hay que volver al trabajo. Entonces el empleado ya no se siente parte de ella, es más, es la enémiga sin la que no sabe subsistir, que le puede volver a "traicionar" un día de estos y dejarlo en la calle. Porque es su forma de vida, lo único que sabe hacer y ha hecho en toda su vida laboral, y la globalización,la productividad y el negocio de la empresa es algo que o no conoce o no le han explicado sin viciar su contenido. Ya no hablemos de flexibilidad y planificación.
Al menos si lo hubiesen despedido estaría con una indemnización, dos años de paro y un plan de recolocación (que para eso se disfrazó de Curro Jiménez).
Lo peor de todo esto es que si no destroza, arrasa y corta carreteras, no se consigue nada. Así que cuando viene el negociador, lo peor que puede hacer es escucharlo; primero lo insulta, después le escupe cualquier verborrea, y si es preciso da un buen puñetazo encima de la mesa. Está dando su mensaje a la empresa. "Échame" o "cálla y traga".
Por cierto, la empresa privada (Pymes, consultoras, y empresas no demasiado grandes, y sobre todo en provincias) no es muy diferente. Ya veremos por donde salen las 40 horas semanales y la ley cuando es la propia supervivencia de la empresa la que está en juego. Apuesto a que los horarios de 9:00h a 18:00h desaparecerán, ya que los derechos y los deberes hacen de goma, en función del momento. Ahora toca crisis, pero tranquilos, siempre quedará el paro.