Un día me dí con una moto contra una puerta de pueblo de esas de madera que parecen castillos y la tiré de cuajo y me metí dentro del huerto. Había un perro famélico dentro, me miró con ojos languidos y se fue pausado por un lateral. Llevaba detrás a mi primo que quedó en el suelo 2 metros tras de mí. Yo me hice una marca en la mano que me duró todo el verano. Como la moto era robada pero se la había robado a mi tío dió tiempo a que llamara a la policía pero antes que viniera devolverla al granero. Sólo quedaron las marcas y una pajillas aqui y allá.
Nada, era por decir algo.