Hace unos pocos meses uno de los más importantes bancos de España hizo ampliación de capital. Como era accionista me presenté en la sucursal para realizar una "operación blanca". Para los que son físicos atómicos o expertos en filología indoeuropea aclaro que una operación blanca consiste en acudir a la ampliación vendiendo parte de los derechos de suscripción y guardando otra parte para suscribir las nuevas acciones. O sea, se suscriben acciones nuevas sin poner un duro de nuestro bolsillo. Pues bien, en la sucursal a la que acudí, la central de una capital de comunidad autónoma, y en la que pedí que me hicieran los cálculos pertinentes, ninguno de los bancarios que allí había tenía idea de lo que le estaba hablando. Me miraban con cara de alelados y como si estuvieran viendo a tío que acabara de bajarse de un platillo volante. No sabían de qué les hablaba ni en su vida habían oído cosa sememjante. Incluso llegué a preguntar, para cerciorarme, si estaba en un banco, no fuera a ser que me hubiese equivocado y en lugar de en un banco hubiese entrado en una droguería. Al final tuve que pedir prestada una calculadora y hacer yo mismo los cálculos.
Y esto pasa en España en todas las profesiones. En otra ocasión acudí a un hospital con unos niveles de tensión arterial de 24-16.
El médico, después de ponerme la pildorita debajo de la lengua me dijo que podía ingresarme o mandarme a casa, "lo que usted prefiera; yo, si quiere, le ingreso". Claro es que le contesté que esperaba, si algún día me encontraba tendido en el quirófano, que el cirujano no me preguntara si cortaba por aquí o por allá, o si cauterizaba esta vena o tal otra, "como yo prefiriese".
En fin, esto es España: el reino de la chapuza.