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30 de octubre de 2008

Lecciones de Liderazgo desde el hielo

Historia de una aventura imposible

“Se buscan hombres para un viaje peligroso. Sueldo bajo. Frío extremo. Largos meses de completa oscuridad. Peligro constante. No se asegura el retorno con vida. Honor y reconocimiento en caso de éxito”.
Éste era parte del texto que el explorador Ernest Shackleton insertó en la prensa británica en 1913 para reclutar una tripulación con la que afrontar un enorme desafío: atravesar por primera vez la Antártida. Pese a la crudeza y sinceridad del anuncio Shackleton recibió unas 5.000 solicitudes, lo que es una buena muestra del interés que despertó el reto. Sin embargo, la expedición jamás consiguió su objetivo, pues lo que inicialmente iban a ser 120 días de marcha sobre el hielo acabó convirtiéndose en un calvario de 21 meses en condiciones extremas y privaciones inimaginables. Afortunadamente, los 28 hombres que partieron consiguieron volver, escribiendo una de las páginas más extraordinarias de la exploración polar.

Ernest Shackleton no era un explorador novel. En 1909 él y otros tres compañeros se habían quedado a tan sólo 180 kilómetros del Polo Sur, con lo que establecieron una nueva marca de aproximación al polo magnético, aunque hubieron de desistir por el frío y la falta de alimentos. En esta travesía Shackleton demostró sus dotes de líder y forjó una tremenda camaradería con su tripulación por lo que adquirió el sobrenombre de “El Jefe”. A su vuelta fue nombrado caballero y recibido como héroe.

El logro de llegar al Polo Sur no fue para un británico, ya que en 1911 Roald Amundsen, un explorador noruego, batió por 35 días a Robert Scott el enviado por los británicos para conseguirlo. Amudsen alcanzó el éxito gracias a una cuidadosa preparación previa y una gran estrategia, pues utilizó para el transporte perros de raza groenlandesa que se adaptaron sin dificultad al medio. Además, no dudó en sacrificar algunos canes a mitad de expedición para alimentar al resto y dejar un depósito de carne que usar a la vuelta. Así, aminoró el peso en el trineo pues no necesitaba tantas raciones de alimento. De hecho, partió con 52 perros y volvió con sólo 11, tras 99 días de viaje de ida y vuelta. Un trabajo sencillamente impecable. Mientras, Scott utilizó principalmente caballos mongoles que debían de acarrear su avena en el trineo, lo que exigía un mayor esfuerzo de los animales. Desgraciadamente, los caballos murieron, pues el sudor se les quedaba en la piel y se les congelaba, lo que condenó a los expedicionarios a arrastrar sus trineos. Scott y su equipo llegaron al Polo Sur, donde encontraron una carta de Amudsen y la bandera noruega, lo que les desmoralizó. A la vuelta perecieron todos. Al menos, Inglaterra los aclamó como héroes.

La llegada al Polo Sur no rebajó el interés del público en la expedición antártica. En ese escenario Shackleton lanzó una idea que encandiló a los medios de comunicación: llevar la bandera británica a través del continente, desde el mar de Weddell hasta el mar de Ross, lo que disparó el entusiasmo y le permitió recabar los fondos necesarios. Así, el 8 de agosto de 1914 partieron del puerto de Plymouth a bordo del navío Endurance, un nombre escogido en homenaje al profético lema de la familia de Shackleton, “By endurance we overcome”, “por la resistencia, vencemos”. Todo fue bien hasta que en enero de 1915, antes de alcanzar la costa antártica la temperatura cayó bruscamente y el mar se heló, lo que dejó atrapado el barco durante los nueve meses siguientes. En octubre de 1915 la situación empeoró, ya que las corrientes marinas provocaron que los bloques de hielo que aprisionaban la nave acabaron por partirla como una nuez. Durante los 6 meses siguientes se vieron forzados a caminar sobre un mar helado con sus trineos y sus perros. La comida menguaba, pero sobrevivieron al convertirse en avezados cazadores de los animales que se cruzaba en su camino, especialmente focas y pingüinos. La plataforma de hielo sobre la que caminaban vagaba sobre el mar hasta que la temperatura subió y en marzo de 1916 comenzó a resquebrajarse.


Por ello, el 9 de abril tuvieron que embarcarse en sus botes con la intención de alcanzar algunas de las pequeñas islas de la costa antártica. Para ese momento ya se habían comido a sus 79 perros. Tras 7 días y noches sin dormir en las que lucharon con los bloques de hielo y con tormentas pudieron alcanzar tierra, concretamente la deshabitada isla Elefante.

Ocho días después, Shackleton tomó 5 hombres y el mejor de los botes, de 7 metros, y se dirigió a la isla de Georgia del Sur, situada a nada menos que 650 millas náuticas. Tras enfrentarse a un mar embravecido, en uno de los lugares más peligrosos del planeta y con grandes dificultades para orientarse, consiguieron alcanzar su objetivo 16 días después. Este viaje fue calificado como “sin rival” en la historia de la navegación. Sin embargo, pusieron pie en la parte deshabitada de la isla, por lo que sin otra opción, Shackleton la cruzó con dos de los hombres en 36 horas, con la particularidad de que el terreno era inexplorado, montañoso y lleno de glaciares. Por fin, llegaron al otro lado, a la bahía de Stromness donde estaban las bases balleneras. Los marinos de la isla rescataron al día siguiente a los tres hombres que se habían quedado en el bote.

No obstante, aún se tardaron 4 meses en rescatar a los 22 hombres que permanecían en la Isla Elefante, pues las malas condiciones meteorológicas frustraron 3 intentos. Finalmente, el 30 de agosto de 1916 el buque chileno Yelcho, con Shackleton abordo alcanzó la isla. Todos sobrevivieron.

Características de un líder

La expedición de Shackleton afrontó numerosas situaciones que parecían fatales. Pero, en cada ocasión jugaron sus cartas y salieron adelante. Parte de su éxito se debe a la suerte, es cierto, porque, por ejemplo, una ola de 16 metros podía haber acabado con ellos en el camino a la isla de Georgia del Sur. Pero, también hay que reconocer el mérito de Shackleton y su liderazgo, que en situaciones extremas consiguió llevar a sus hombres hacia delante. ¿Qué lecciones podemos extraer?



Si el escenario cambia, sé flexible con los objetivos. El barco en el que veníamos acaba de ser aplastado por el hielo. El plan inicial, cruzar la Antártida, queda descartado. No hay rescate posible.Nuevo objetivo: hay que regresar. Actualmente, muchas empresas se ven sacudidas por un escenario nuevo en el que la desaceleración golpea sus resultados, lo que se traduce en un cambio de objetivos. Como dice Antonio Catalá, creador de AC Hoteles, “tienes derecho a meter la pata.Pero, si te equivocas, hay que sacar la pata cuanto antes”. ¿Qué se ha de hacer cuando los objetivos empresariales se cambian? COMUNICAR el nuevo rumbo al equipo. Si la idea sólo permanece en la cabeza del líder, el equipo no reaccionara bien pues considerara que la decisión es una imposición. El líder ha cambiado su visión, a la luz de las nuevas circunstancias, y suya es la misión de volver a hacer creer al equipo en ella.

El discurso equilibrado. En las situaciones de crisis, Shackleton habla con su tripulación y les transmite “ideas fuertes”. No se deben de alarmar por la pérdida del barco, pues con trabajo duro y una cooperación leal serán capaces de volver. El discurso sirve para devolver la calma y la confianza, a través de una exposición realista de los hechos. Shackleton adoptaba siempre un tono sincero y resolutivo, lejos de los histrionismos.

El líder guia con su ejemplo. El trabajo más pesado corresponde al líder. Él los metió en la aventura y él los sacará. Él encabezará todas las partidas del rescate. Además, cada vez que había problemas Shackleton re-dirigía el esfuerzo de sus hombres a tareas cercanas, para evitar el desfallecimiento moral. Levantar un campamento, salir a cazar, arrastrar el equipo una milla por el hielo... Objetivos a corto plazo, fáciles de conseguir, pero, sin olvidar el objetivo a largo plazo, volver. Además, sus declaraciones y sus acciones posteriores eran coherente. Por ejemplo, tras recordar a sus hombres que cualquier peso superfluo les restaría posibilidades de sobrevivir, se abrió la parca, sacó una pitillera de oro y la dejó caer sobre la nieve, abandonándola.

Pensamiento en positivo. Podemos. La fortaleza mental y la paciencia son dos características básicas de todo líder. Cuarenta grados bajo cero, a más de 1.000 millas de toda civilización, las reservas de comida se agotan.
Todo eso y mucho más, pero, Shackleton no sucumbe. Sigue pensando en positivo. Tim Gallwey, ex capitán del equipo de tenis de Harvard y hoy consultor, explica en su libro “The inner game of work”, “El partido interior del trabajo”, que en una situación de crisis se juega un partido contra uno mismo “contra obstáculos de concentración, nerviosismo, dudas sobre uno mismo, auto-sabotaje... en resumen, se juega para superar los viejos hábitos de la mente que inhiben o bloquean la excelencia del jugador”. Shackleton no pierde el tiempo en auto-cuestionarse. Está convencido de sus posibilidades y lucha solamente contra elementos externos, ya por sí suficientemente duros.

Para acabar, un consejo. Si en esta coyuntura económica sienten miedo ante lo que se avecina, imaginen lo que debieron de sentir los tripulantes del Endurance la noche que escucharon desde sus tiendas el crujido de las tablas de su barco cuando las placas de hielo lo partieron. Piensen en su situación y compárenla con la suya. Si todavía no se sienten aliviados, imaginen lo que Shackleton les diría... Y háganlo.

6 de octubre de 2008

La herencia envenenada de la Administración Bush

Cuando EEUU tenía superávit

En un año electoral en EEUU como éste es interesante recordar que en septiembre de 2000 los dos candidatos a la presidencia, Al Gore y George W. Bush, polemizaban en debates sobre como gastar mejor los 230.000 millones de dólares de superávit, el 2,4% del PIB nacional, que en aquel momento manejaba la administración Clinton. Ocho años después el debate podría ser sobre cómo se pagará un déficit 408.000 millones de dólares, algo más del 3% del PIB, que la administración Bush legará a las generaciones futuras.

El próximo presidente de Estados Unidos no sólo se enfrentará a un déficit que limitará su estilo de gobierno. También se encontrará con una deuda pública en máximos históricos, exactamente en 9,5 billones de dólares. Una cifra mareante que no tiene visos de menguar, ya que el Congreso aprobó a principios de septiembre una ley que permite elevar el límite de la deuda pública de 9,8 billones a 10,6 billones de dólares. El poder legislativo norteamericano ha decidido elevar su propio tope porque el gobierno se ha comprometido a realizar una serie de gastos, como un mayor dispendio en Irak, que amenazan con perforar el techo de 9,8 billones. Para entender la cuantía exacta baste decir que el PIB norteamericano anual es de 13,84 billones de dólares. Por cierto, si se preguntan qué cantidad de deuda recibió George W. Bush cuando llegó a la Casa Blanca fue ésta: 5,35 billones de dólares. Con la diferencia de que la administración Clinton consiguió reducir la deuda en 0,36 billones en sus últimos 3 años.

Si se ha de ser justo, la presidencia de Clinton coincidió con el período más largo de crecimiento de la economía norteamericana y con la llegada de internet a la oficina de una manera masiva, un hecho que cambió la manera de hacer negocios y que permitió que la productividad creciera a un espectacular porcentaje promedio del 6% en el segundo mandato de Bill Clinton. No obstante, si analizamos con detenimiento la presidencia Clinton veremos que en su conjunto no fue un “Nirvana económico”, tal y como explica Joseph Stiglitz, premio nobel de economía y presidente del Consejo de Asesores Económicos de la presidencia. Stiglitz reconoce que es conciente de “los errores y las oportunidades perdidas” y expone que deberían de “haber invertido más en infraestructuras, endurecido la regulación de los mercados y tomado pasos adicionales para promover la conservación de la energía”. Sin embargo, fueron unos años en los que el déficit estuvo bajo control por primera vez desde los años 70 y los ingresos de las clases bajas crecieron más rápidos que los de las clases altas.

Los errores económicos de Bush


La administración Bush heredó un superávit, una deuda contenida que se reducía y fue favorecida por un ciclo económico positivo, pues en el período 2003 –2007 el crecimiento económico se situó en un respetable 3%. Por ello, para conseguir acabar con esta ventajosa situación había que tomar decisiones gravemente erróneas, como así fue. La primera se materializó en junio de 2001 cuando el presidente presentó un recorte masivo de impuestos, siguiendo la máxima republicana de que el dinero, donde mejor está es en el bolsillo del contribuyente. Este recorte fue seguido por otro en 2003 que se mantendrá vigente hasta 2011 inclusive. Stiglitz explica que con estas medidas para un estadounidense que esté entre el 20% de la población de menores ingresos el recorte sólo supone una reducción en sus impuestos de 45$ como máximo. Para un estadounidense que gane más de un millón de dólares la reducción será en promedio de 162.000$.

La segunda decisión errónea fue la respuesta norteamericana al atentado contra las torres gemelas. La imposibilidad de encontrar y encarcelar a los culpables llevó a las autoridades a una guerra global contra un enemigo tan difuso como el “terrorismo internacional”. Por ello, en noviembre de 2001 se atacó Afganistán y en marzo de 2003 se invadió Irak. Según datos de la web icasualties.org el coste humano de la guerra para EEUU sólo en Irak ha sido hasta septiembre de 4.157 soldados muertos, a los que hay que añadir otros 30.324 soldados estadounidenses heridos hasta junio. En cuanto al coste económico es difícil de evaluar, pero la profesora de Harvard Linda Bilmes y el profesor Stiglitz sugieren que puede ascender a 3 billones de dólares, tal y como aparece en su libro “The three trillion dollar war”. Según los autores Estados Unidos gasta unos 50.000 millones de dólares trimestrales en Irak en sus soldados y en guardias de seguridad privados que no son nada baratos. Por ejemplo, un guardia de Blackwater Security puede costar unos 1.100 dólares diarios. Además, el gobierno deberá de pagar tratamientos médicos y pensiones de discapacidad a sus soldados heridos con lo que la factura sanitaria puede alcanzar un total de 600.000 millones de dólares.

El tercer error no fue puramente una decisión, sino la aplicación de la doctrina republicana de auto-regulación de los mercados financieros, lo que permitió una relajación supervisora en Wall Street. En un marco regulatorio muy complaciente con la actividad bancaria llegó un pronunciado recorte de tipo de interés en EEUU, pues la Reserva Federal Nortemericana, asustada por la debilidad de la economía tras el estallido de la burbuja de las punto–com, recortó el precio del dinero en 2003 hasta el 1%. Con ello inundó de liquidez el sistema y permitió que el mercado inmobiliario acelerara su fase expansiva. En ese escenario de tipos bajos los bancos vieron recortados sus márgenes, pero para evitar que también cayeran sus beneficios optaron por ensanchar el mercado de créditos concediendo préstamos más arriesgados a los que se iban a cargar unos mayores intereses. Esas hipotecas tenían más riesgo, pero la regulación permitía empaquetar esas hipotecas bajo la forma de títulos, trocearlas y venderlas a otros.

Todo este entramado se sustentaba en premisas tan endebles como que el precio de las viviendas iba a continuar ascendiendo indefinidamente, que los tipos de interés se iban a mantener bajos y que todos los que les pedían prestado les iban a poder devolver el dinero en los plazos pactados y sin demoras. Algo incomprensible. Especialmente para las cúpulas bancarias mejor pagadas del mundo y que se suponían las más talentosas.

Consecuencias futuras de una mala política

La consecuencia de tanta insensatez ha sido una de las mayores crisis financieras de la historia que ha obligado al gobierno al salvamento de un banco de inversión, Bern Sterns, a la nacionalización de las dos entidades hipotecarias principales del país Fannie Mae y Freddie Mac, a la intervención de AIG, la principal aseguradora del mundo y, finalmente, al lanzamiento de un plan de rescate para comprar la deuda “tóxica” de los bancos que está respaldada por hipotecas que no se pagan. Un paquete de ayudas públicas que superará con creces el billón de dólares.
Los defensores de estas actuaciones señalan que en EEUU el gobierno ha actuado con celeridad y firmeza para responder a una crisis sólo comparable a la de 1929. Además, añaden que de no haber intervenido el daño para la ciudadanía hubiera sido enorme. Sin embargo, la realidad es que un gobierno que se define como liberal se ha comportado como uno intervencionista cuando le han venido mal dadas. Mientras hubo beneficios, se privatizaron, y cuando ha habido pérdidas se han repartido entre los contribuyentes, los cuales se verán obligados a pagar las estupideces financieras de unos pocos con el dinero de sus impuestos. Una actuación definida por un senador republicano como “socialismo de mercado”. La solución pasará por una mayor regulación y transparencia del sector financiero, lo que probablemente llevará a que el negocio bancario sea más tradicional y menos rentable que hasta ahora.


El nuevo presidente estadounidense se enfrentará no sólo a una crisis financiera, también a un déficit por cuenta corriente en tasas del 5%, a un mercado inmobiliario en caída libre, a un desempleo creciente y a una divisa muy lejos de sus mejores días. No obstante, las recetas que proponen los dos candidatos para enderezar el rumbo son bien diferentes. El señor Obama gastaría dinero público en infraestructuras y en combustibles alternativos, desarrollaría un plan para extender una cobertura sanitaria casi universal y recortaría impuestos a las clases trabajadoras para subirlos a las más pudientes. Mientras, McCain se presenta con el manual republicano intacto: recorte de impuestos, liberalizar los mercados y reducir tamaño del gobierno. Para él, el mayor activo de la economía norteamericana es el honrado trabajo del norteamericano medio, que ahora sufre en sus carnes las consecuencias de la avaricia y de la mala gestión de Wall Street. Para Obama, lo que ha sucedido es que ha llegado el veredicto sobre una filosofía económica que la Casa Blanca puso en marcha hace 8 años.

Para concluir, un mensaje para todos aquellos que creen que todo comenzará a arreglarse cuando Barack Obama llegue a la presidencia. No está ganado. Si los estrategas de campaña del candidato Obama creen que con el voto de las clases pensantes norteamericanas la victoria es suya se equivocan. No es suficiente. Hace 8 años George W. Bush lo probó frente a Al Gore y después lo volvió a demostrar frente a John Kerry. Ahora se marchará del despacho oval y su presidencia, lamentablemente, será recordada por mucho tiempo.