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26 de junio de 2008

Los chinos ya comen chuletón

China e India y la demanda de alimentos

Es cierto, la renta per capita en China ha subido y la nueva clase media que emerge quiere comer como en Occidente. Pero, no sólo China empieza a cambiar sus hábitos alimenticios, India sigue el mismo camino. No es la primera vez que sucede que cuando un país aumenta su riqueza sus ciudadanos cambian su dieta. Por ejemplo, en España se desprecian las sobras de pollo como cuellos, patas y alas, ricas en proteínas y consumidas con fruición por nuestros abuelos, mientras que actualmente hay una elevada demanda sobre la pechuga, un producto típicamente consumido por sociedades preocupadas por no atiborrarse de grasas que pueden producir infartos. Además, la fruta ha perdido el primer puesto como postre en nuestras mesas frente a la oferta de derivados lácteos como yogures, natillas, etc... El problema es que cuando España se incorporó a un tipo de consumo “occidental” tan sólo sentó a la mesa a algo menos de 40 millones de nuevos comensales. China e India aportarán el 40% de la población mundial.

Ahora piensen en el sueño de Wen Jiabao, el primer ministro chino de “dar de beber medio litro de leche diario a todos los chinos, especialmente a los niños” y empezarán a comprender cómo la suma de millones de gestos individuales ha cambiado el mercado lácteo mundial. Según la FAO, la Organización para la Agricultura y la Alimentación de las Naciones Unidas, China consumía 9,5 litros de leche por persona y año en 1997, mientras que en 2006 el consumo ya había subido hasta los 32 litros. En cifras, China se bebe ya el 30% de la leche producida en el mundo y recibe importaciones principalmente de Europa, donde curiosamente las cuotas de producción estaban limitadas por Bruselas hasta 2015, aunque en marzo de este año se ha adoptado un cupo adicional del 2% para la campaña 2008 - 09 . Así, los productores de leche europeos que habían tenido que vivir en un mercado de enorme oferta y precios históricamente bajos donde las grandes superficies imponían su ley, asisten por fin al encarecimiento de sus productos.

La demanda de alimentos y los biocombustibles

El incremento del consumo de proteínas por parte de China e India, algo menor en su caso debido a su mayor cultura vegetariana, y a la mayor demanda de leche en China conduce a un “efecto domino” sobre toda la cadena alimentaria y sobre el precio de los cereales. En primer lugar, para satisfacer la demanda la cabaña bovina se expande, pues de momento no hay sustitutos de las vacas para fabricar leche. En segundo lugar, esos nuevos animales han de alimentarse. Si tomamos el caso español y lo extrapolamos a otros mercados comprenderemos el impacto que las nuevas cabezas de ganado tienen en las cosechas mundiales de cereales. Según los datos del Ministerio de Agricultura español una vaca puede producir unos 5.100 litros de leche al año, 7.000 litros si es de la variedad frisona, para lo que ha de zamparse 24,5 kilos de maíz, remolacha, alfalfa y otros piensos. Las de carne tan sólo 9 kilos de paja y piensos. De hecho, para obtener un kilo de entrecot se necesita ese mismo ratio, 9 kilos de piensos. Mientras, para obtener un kilo de carne de pollo se precisan sólo 3 kilos de piensos.

Esta super demanda de cereales ha coincidido en el preciso momento en el que el primer mundo ha apostado por los cereales para producir biocombustibles y liberarse de su dependencia energética del crudo. Curiosamente, la imagen de los productores y promotores de biocombustibles ha sufrido un deterioro acelerado en este 2008. De ser los salvadores del medio ambiente y una alternativa energética real, prácticamente han pasado a ser considerados unos criminales contra la humanidad por dedicar los alimentos de primera necesidad a sus procesos industriales. En esta línea, el relator especial de la ONU, Jean Ziegler, declaró el 28 de abril de este año que la producción de biofueles era “un crimen contra la humanidad”. Sin embargo, los productores de bicoarburantes se defienden. Javier Salgado Leira, presidente de Abengoa Energía, explica que “somos víctimas de un ataque formidable alentado por intereses vinculados al crudo y a la alimentación”. En su opinión, el incremento de la demanda de bioetanol tiene un impacto muy limitado en la escalada de precios, “entre un 5 y un 10% según la FAO”.

Consecuencias del aumento de la demanda de alimentos

Por unas causas o por otras el precio de los alimentos básicos sube. Según la FAO en el último año el precio del trigo se ha encarecido un 130%, el del arroz un 74%, la soja un 87% y el maíz un 53%. Esta escalada ha provocado revueltas en Haití, donde el primer ministro dimitió, y en Camerún, donde hubo 24 muertos. Además, en Filipinas se promulgó una ley que castigaba con la cadena perpetua a aquellos que acapararán arroz. Esta última puede parecer una medida exagerada, pero no lo es. Josette Sheridan, directora del programa de alimentos de la ONU explica que “la subida del precio de los alimentos para la clase media supone renunciar al seguro médico. Para aquellos que viven con dos dólares por día significa dejar de comer carne y sacar a los niños de la escuela. Para los que viven con un dólar al día, significa renunciar a la carne y las verduras y comer sólo cereales. Y para los que sólo tienen 50 céntavos por días, es un total desastre”. Si unen estos datos a la idea de que 1.000 millones de personas en el mundo viven con un dólar al día y 1.500 millones viven con una renta diaria de entre 1 y 2 dólares entenderán al drama que nos enfrentamos. Además, anoten otro punto. El hambre ataca en el corto plazo, pero viene siempre con una prima hermana que golpea en el largo plazo: la malnutrición.

Ante este escenario la ONU anunció el 29 de abril la creación de un grupo especial para atajar la crisis. También, su secretario, Ban Ki-moon, lanzó un llamamiento urgente a la comunidad internacional para obtener 2.500 millones de dólares para frenar lo que definió como “un desafío sin precedentes”, pues hay que entender que los alimentos son caros y van a seguir siéndolo. De hecho, la crisis tiene similitudes con la del crudo en los años 70. Hasta esa década el petróleo era una mercadería abundante con un precio bajo. No obstante, el embargo de crudo que practicaron los países árabes para castigar a Occidente por su apoyo a Israel en la guerra del Yom Kipur llevó el precio del crudo a una espiral inflacionista y erradicó el calificativo “barato” del sustantivo “petróleo”.

Ciertamente, el corto plazo es dramático, pero, en el largo plazo, y si la crisis se gestiona bien desde los organismos internacionales, se abre una oportunidad única de salir de la penuria para 450 millones de pequeños agricultores que viven en el tercer mundo. Los altos precios de sus productos podrían reducir su pobreza y ayudarles a afrontar los problemas que les acucian. En primer lugar, precisan tecnología para incrementar su tecnificación en irrigación, labranza y mejora de semillas. En segundo lugar, se necesita una concentración parcelaria para favorecer la mecanización. Según The Economist, en China y Bangladesh la media de la explotación agraria es de 0,5 hectáreas, mientras que en Etiopía y en Malawi es de 0,8 hectáreas. También, se ha de ser consciente que la subida del precio del petróleo ahoga a los pequeños agricultores y merma su productividad, pues los fertilizantes y el diesel para sus tractores se encarecen. De hecho, los camellos utilizados para tareas agrícolas en el Oeste de la India han multiplicado por 5 su precio ya valen unos 600 euros.

Pero, se puede y se debe de ser positivo. Si los productos agrícolas eran baratos, los incentivos para investigar eran bajos. Si los alimentos son caros, los incentivos para investigar y desarrollar nuevos métodos y nuevas semillas se multiplican. El caso del petróleo también nos enseña algo aquí. Si en los 90 extraer un petróleo a 25$ por debajo de una columna de agua de 500 metros en el mar era una quimera, hoy en día extraer un petróleo a 125$ por debajo de una columna de 2 kilómetros ya es técnicamente posible, pues la rentabilidad agudiza el ingenio. Lo mismo puede suceder en la agricultura.

Norman Borlaug: Siempre hay un camino

Norman BorlaugPara concluir, una pequeña historia. A principios de los años 50 el profesor norteamericano Norman Borlaug trabajaba como investigador agrícola en México con el objetivo de mejorar el rendimiento de las variedades locales del trigo, un alimento básico. Borlaug buscaba incrementar el rendimiento de las plantas y se dio cuenta que si incrementaba los fertilizantes las plantas crecían vigorosamente, pero se doblaban por el excesivo peso. Por ello, cruzó variedades mexicanas con especies enanas japonesas. Así obtuvo una planta que permitía el desarrollo de tallos más cortos y fuertes, con lo que concentraba toda su energía en la producción y el llenado de sus granos. De este modo nació una variedad superproductiva conocida como ”trigo enano”, que fue adoptada en México y en muchas otras partes del mundo, especialmente en India y Pakistán. Al descubrimiento se le atribuye la salvación de millones de personas de una muerte cierta por hambrunas. Por estos méritos Borlaug recibió el premio nobel de la paz en 1970. Así pues seamos positivos. Pensemos de verdad en solucionar los problemas del mundo. Si hay voluntad, siempre hay un camino.

12 de junio de 2008

El PIB no da la felicidad

¿Es el PIB un buen indicador de la riqueza de un país?

Para comenzar, una preguntita: ¿Qué tienen en común las siguientes acciones? El pago de la matrícula de un curso de la Fundación de Estudios Bursátiles y Financieros, la venta de sardinas en el Mercado Central de Valencia y la compra de entradas para el musical CABARET a través de internet.

Respuesta: Todas contribuyen a incrementar el PIB nacional. Pues el PIB contabiliza todos los bienes y servicios que un país produce en un período de tiempo dado. Da igual cual sea su naturaleza, si se producen, se cuentan. Y ésta es una de las piedras angulares de la economía moderna.

Bill BrysonPor ejemplo, en su “Notas desde un gran país” el divertidísimo autor norteamericano Bill Bryson relataba con su lucidez habitual su visita a una fábrica de zinc en Pensilvania. En ella se percataba del desolador paisaje que la rodeaba, pues desde la valla de la fábrica hasta la cima de la montaña “no se veía ni una pizca de vegetación”, como consecuencia de la polución que emitía la industria acerera.

Sin embargo, Bryson explicaba que desde el punto de vista del PIB aquello era una maravilla:
En primer lugar, tenemos todas las ganancias económicas provenientes de todo el zinc que la fábrica ha refinado y vendido durante años. Luego, tenemos las ganancias de las decenas de millones que el Gobierno deberá gastar para limpiar el lugar y restablecer el equilibrio en la montaña. Finalmente, habrá una ganancia continuada de los tratamientos médicos que se aplicarán a los trabajadores y a los ciudadanos de las poblaciones cercanas que padecerán enfermedades crónicas tras haber vivido expuestos a los contaminantes.
Verdaderamente, la Contabilidad Nacional a veces nos juega malas pasadas. Desde un punto de vista meramente contable, el que se edifique una urbanización en un paraje natural genera riqueza. Y el que los ciudadanos opten por acudir a un centro comercial los fines de semana, en lugar de corretear por el bosque sobre el que ahora se levanta, digamos, un golf resort contribuye a elevar el consumo de bienes y servicios. Consideren lo formidable del caso si el ciudadano compra una mesa de pino hecha con la madera de uno de los árboles del bosque que ya no existe. Todo cuenta y todo suma para el PIB.

Como el economista Herman Daly declaró una vez “El actual sistema de contabilidad nacional trata a la Tierra como si fuera un negocio en liquidación”. Lo que nos lleva a las declaraciones de Al Gore en su reciente visita a España, indicando que “sin planeta, no hay economía que valga. Pero, no nos desviemos y hablemos del PIB.

En la economía clásica la conexión entre bienestar y felicidad es muy clara. Si el PIB crece es que la nación lo está haciendo bien y, presumiblemente, su población será más feliz, pues disfrutará de mayores cotas de bienestar y abundancia. Además, obsérvese que cuando el PIB se dispara los gobernantes se congratulan y la oposición política languidece.

Ustedes habrán oído de sus mayores la típica frase de “antes no teníamos nada, pero éramos felices”, y que ahora “todo es mucho más complicado”. Y es cierto.

La libre economía de mercado ha hecho que los países occidentales vivan el momento de mayor abundancia y prosperidad de su historia. Pero, al mismo tiempo, la conexión directa entre mayor riqueza y mayor felicidad entre países se pone en cuestión. Por ejemplo, los norteamericanos y los japoneses son ahora tres veces más ricos que hace 50 años. Por el contrario, en las encuestas sobre felicidad, los ciudadanos de estas naciones proporcionan similares resultados a los de hace cinco décadas. En Gran Bretaña, el desempleo ha dejado de ser el mayor problema social. Según The Economist, el número de desempleados británicos que solicitan el subsidio de desempleo es de 960.000 personas. Mientras, más de 1 millón están percibiendo beneficios sociales, pues la depresión y el stress los ha dejado incapacitados para trabajar.

Así que, la cuestión sería ¿es suficiente el PIB para medir el progreso de las sociedades? O, ¿sería posible utilizar otros indicadores que actuaran como complementos? Pues sí, o al menos, eso es lo que pretenden ciertos economistas que piensan que la felicidad, sí, nada menos que la felicidad de una nación puede utilizarse como un indicador razonablemente fiable.

La felicidad como indicador de la riqueza y crecimiento de un país

Felicidad Nacional BrutaPor ejemplo, un término que se acuñó en Bután fue el de la Felicidad Nacional Bruta (“Gross National Happiness”). Bután es un país situado en el Himalaya, entre China e India, que posee una cultura única basada en valores espirituales budistas. Son estas condiciones y no la falta de oxígeno en altitud, como bromea el escritor Eric Weiner, lo que condujo en 1972 a su rey Jigme Singye Wangchuck a buscar una política diferente, basada en la idea de que el avance de la sociedad tiene lugar cuando el desarrollo económico y espiritual sucede, pues el uno complementa al otro y lo refuerza.

Los cuatro pilares del concepto de Felicidad Nacional Bruta de Bután son:

1) la promoción de un desarrollo equitativo y sostenible socio-económico
2) la preservación y promoción de los valores culturales
3) la conservación del medio ambiente y
4) el establecimiento del buen gobierno.

Los butaneses no son peligrosos comunistas, pues quieren entrar en la Organización Mundial del Comercio. Sin embargo, en esta monarquía los planes económicos a veces no tienen un sentido meramente monetario. Por ejemplo, Bután cuenta con paisajes vírgenes y hermosos templos que lo hacen atractivo, pero a la vez restringe el número de visitantes, por lo que pierde enormes sumas de dólares anuales provenientes del turismo. De hecho, promueve un turismo “ecológicamente consciente” y cobra una tasa de 200$ diarios a cada turista. Y aunque tiene una economía de subsistencia basada en la agricultura y la ganadería, sus recursos madereros y minerales siguen prácticamente intactos. Todos los edificios se construyen según cánones tradicionales y los ciudadanos deben llevar ropas tradicionales durante la jornada laboral.

Eric Weiner visitó el país y comprobó que los butaneses no son ajenos a los gadgets occidentales. Los móviles e internet están de moda en la capital, no así los semáforos. Pero, en su opinión, muchos ciudadanos parecen dispuestos a cambiar una mayor renta por una forma de vida “más lenta, más humana”.

La felicidad como indicador económico es un concepto muy nuevo y algunos críticos lo ven como una idea de enganche vacía, dado que su medición dependería de unos parámetros muy subjetivos que podrían acomodarse según los deseos de cada gobierno. Sin embargo, el planteamiento de buscar indicadores complementarios al PIB gana adeptos.

The Economist citaba en su edición navideña a David Cameron, el joven líder del Partido Conservador Británico, quién sorprendió a propios y extraños al situar el nivel general de felicidad o de bienestar general, lo que definió como el General Well Being, GWB, en el centro, nada menos, de su oferta electoral. Lo que choca con el planteamiento habitual de su partido de rebajar los impuestos para que cada ciudadano busque su particular “bienestar general”.

Además, Antonio Garrigues Walker, presidente del despacho de abogados Garrigues, en su discurso de investidura como doctor “honoris causa” por la Universidad Europea de Madrid el pasado 31 de enero declaró que el objetivo principal del ser humano en un entorno de revolución científica, tecnológica, cultural y ética ha de ser la búsqueda de la felicidad, lo que denominó el “happiness per capita”.

La búsqueda de ese concepto no se debería quedar en algo local, sino global. En una entrevista concedida al diario Expansión, el economista chileno-alemán Manfred Max-Neef expone que “el desarrollo económico llega a un punto que deteriora la calidad de vida”. Según él, “los países industrializados viven hoy con más angustia e incertidumbre”, pues “en las tres últimas décadas, la economía global ha crecido más que nunca y, sin embargo, cada vez aumentan más la pobreza, el hambre, la destrucción de tejidos sociales y el deterioro del medio ambiente”. Max-Neef defiende que un país debe de buscar el mejor modo de crecer, sin obsesionarse con las grandes cifras y centrándose en conseguir logros cualitativos, como una mayor distribución de las rentas.

Para terminar una reflexión, algunos ciudadanos occidentales a veces se sienten perdidos. El capitalismo tiene la virtud de conseguir que lo que son lujos se conviertan en necesidades, ofreciendo a las masas lo que las élites siempre han disfrutado. Curiosamente, una conocida marca de automóviles alemana está abandonando el patrocinio de eventos relacionados con el golf para esponsorizar regatas de yates, pues el golf “se ha vuelto demasiado popular”. Por ello, no es de extrañar que los ciudadanos confundan bienestar con felicidad, cuando no son lo mismo. Como apunta Ismael Quintanilla, profesor de la Universidad de Valencia, “el consumo genera bienestar, pero no felicidad”. El estado de felicidad “depende de una mirada interior. De cómo nos vemos a nosotros mismos respecto a los demás”, pues es un “sentimiento subjetivo”. Sin embargo, recuerden también este viejo dicho “El que dice que el dinero no da la felicidad es que no conoce las tiendas adecuadas”. Ustedes mismos.