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07 diciembre, 2008

Ideas para superar la crisis – 4

El principal problema con el que se enfrentarán las economías desarrolladas en los próximos años será la creación de puestos de trabajo que reemplacen a los que se están perdiendo actualmente. De momento, la velocidad a la que sube el paro está siendo bastante elevada, por lo que parece que, en el momento en el que la crisis toque fondo, el número de parados será considerable.
Para crear muchos puestos de trabajo ahora se está hablando de aumentar el gasto público, pero, si aumentase también el privado, el problema se solucionaría con mayor rapidez y las arcas públicas de nuestros países quedarían menos endeudadas.
En algún momento del futuro veremos (nosotros o nuestros hijos) la sustitución de los coches de gasolina y diesel por otros con motor eléctrico.
Ya hay vehículos híbridos circulando por las carreteras y, en 2010, se comercializarán lo que se denomina “coches híbridos enchufables”, en los que el concepto se mejora bastante, respecto a los actuales híbridos, como el Toyota Prius, en los que el motor principal es de explosión y el auxiliar, que es eléctrico, sólo entra en funcionamiento en recorridos urbanos.
En los nuevos modelos híbridos, los enchufables, el motor que impulsa las ruedas es eléctrico, y llevan un motor de explosión que lo único que hace es producir electricidad para recargar las baterías. La diferencia es considerable, porque, con estos nuevos modelos, todo el que haga recorridos diarios de menos de 80 kilómetros y pueda enchufar el coche por las noches, no necesitará repostar combustible nunca. Además, haciendo uso del generador de gasolina, se pueden recorrer hasta 1000 km sin pasar por una gasolinera, por lo que sirven perfectamente para conducir grandes distancias. Estos modelos, si se logran fabricar a un precio razonable, podrían ser, a día de hoy, una alternativa más que razonable para los automóviles actuales. Aunque, por supuesto, mucho mejor sería lograr que se impusieran vehículos que sólo necesitasen electricidad para funcionar.
En cuanto a los eléctricos puros, hay casas que los están fabricando ya, como REVA (baratos pero con poca autonomía, poca potencia y poco espacio útil) o Tesla Motors (gran autonomía, potencia y diseño elegante, pero demasiado caros). Hay otro otros (como el Nissan EV, favorito de nuestro ministro de industria) que comenzarán a comercializarse en un par de años.
¿Qué tiene que ver esto con la crisis? Imaginemos que se logra fabricar un coche que, con diseños tan atractivos como los actuales, tenga una potencia similar a los de ahora, un espacio interior igual de amplio y sirva, como los de ahora, para realizar recorridos por carretera, sin tener que parar tres o cuatro horas cada vez que se gasten las baterías, para poder recargarlas. Si el precio fuera igual o menor que el de los coches que venden ahora, como el consumo sería mucho más económico, la mayoría de los conductores nos plantearíamos seriamente cambiar nuestro automóvil por uno eléctrico. Podrían, como ahora, fabricarse diferentes modelos, unos más elegantes (y caros) que otros, para que cada uno pudiera adquirir un coche a medida de su bolsillo y de su estatus.
Ante una situación así, el parque de automóviles actual quedaría en pocos años convertido en chatarra y el número de nuevos automóviles vendidos en los próximos ejercicios sería impresionante.
Sería necesario adaptar las fábricas para producir los nuevos modelos, lo que implicaría unas inversiones millonarias, y también habría que construir una industria auxiliar, que fabricase accesorios, repuestos, baterías, componentes y un largo etcétera, para los nuevos automóviles. Esas inversiones en fábricas serían un auténtico boom para la economía. El dinero de muchos inversores acudiría a la renaciente industria, para financiar las millonarias inversiones, que se traducirían, durante el tiempo en el que se construyeran las fábricas, en millones de puestos de trabajo en todo el mundo. Una vez construidas esas fábricas, la renovación de la flota mundial de vehículos implicaría al menos una década de producción masiva, creando empleo estable que reemplazase con creces al perdido tras el parón inmobiliario en muchos países. Durante esos años, de fuerte inversiones y fabricación masiva de vehículos, habría suficiente empleo para todos y, tras ese periodo, el sector de la construcción se habría reactivado de nuevo y la economía estaría en condiciones de ir absorbiendo a los nuevos parados que comenzarían a surgir cuando las inversiones estuvieran completadas, el parque de automóviles se hubiera renovado por completo y los procesos de fabricación comenzasen a trasladarse a países emergentes.
Este cambio implicaría un resurgimiento del sector, que ahora se enfrenta a una severa crisis y, si no sucede algo como esto, terminará por dejar en el paro a millones de trabajadores en todo el mundo.
Pero, ¿cómo se logra un coche eléctrico que pueda reemplazar al actual sin que los usuarios pierdan prestaciones?
El principal problema de los coches eléctricos es la batería. Su peso es elevado, su vida limitada y su tiempo de recarga demasiado elevado. De momento, se están siguiendo dos líneas principales de trabajo. Por una parte están las baterías de plomo (como las que lleva el REVA), más baratas pero más pesadas y con menor capacidad. Por otro, las baterías de litio (cómo las de Tesla Motors), son bastante más caras, pero más ligeras, duran más y tienen una vida más larga.
Ambas tienen un problema fundamental, que es el tiempo de recarga.
Una solución que se me ocurre y que podría ser viable, a día de hoy, sería la de reunir a los principales fabricantes de automóviles y crear un tamaño de batería estándar. La batería debería ser desmontable fácilmente, con ayuda de una carretilla elevadora.
Los coches podrían llevar un portón de fácil apertura que diese acceso a la batería. Introduciendo las uñas de una carretilla elevadora por el hueco, podría extraerse la batería descargada y después introducir una completamente cargada.
Si se hace un diseño cómodo, que, por ejemplo, tuviese los bornes en la parte inferior, la batería quedaría conectada simplemente con apoyarla y no sería necesario conectar ni desconectar nada, con lo que el tiempo de repostaje del vehículo sería de pocos minutos. Si se organiza bien la estación de servicio, el conductor no necesitaría ni bajarse del vehículo.
Cada estación de servicio (podrían ser las actuales gasolineras, ampliadas o reconvertidas) debería tener un espacio donde recargar de nuevo las baterías gastadas y, al menos, tanto stock de baterías como vehículos fueran a repostar durante el tiempo medio de recarga.
Si el tamaño, forma y sistema de contacto de las baterías es estándar, un mismo coche podría llevar una de plomo o una de litio, en función del precio que quisiera pagar su propietario. La primera sería más barata, pero obligaría al conductor a recargar con más frecuencia. La segunda ofrecería mejores prestaciones a áquel que estuviera dispuesto a pagar más dinero.
Por supuesto, los vehículos deberían poder ser recargados en cualquier enchufe, y las ciudades deberían llenarse de conexiones en las principales zonas de aparcamiento. Introduciendo dinero o una tarjeta de crédito, se podría dejar el coche recargado durante el tiempo de estacionamiento. Lo de poder reemplazar la batería en una estación de servicio soluciona el problema de los largos recorridos y el de poder recargar cuando no tenemos tiempo para dejar el coche enchufado cuatro o cinco horas.
Además, si en un futuro se desarrollan baterías más eficientes, haciéndolas del tamaño estándar, la sustitución de una por otra no tendría ningún problema. Cabría esperar que, si se fomenta el uso masivo de coches eléctricos, no tardarán muchos años en surgir nuevas tecnologías de almacenamiento que superen con creces a las actuales.
La duración de las baterías, que deberían ser retiradas cada pocos años, plantea un problema a este sistema de recarga. Si yo tengo una batería nueva en mi coche, voy a una estación de servicio y me la cambian por una vieja, salgo claramente perdiendo.
Para evitar esta injusticia, debería separarse la propiedad de la batería de la propiedad del coche. Las baterías deberían pertenecer a compañías distribuidoras. El cliente firma un contrato con un suministrador, que le cede una batería, ya sea de plomo o de litio. Las baterías podrían llevan un contador de recargas, que cuenta cada vez que la batería es recargada desde un enchufe. Los operarios de la estación de servicio miran ese contador y cobran al cliente una cantidad por la recarga de la batería y otra por su amortización, que dependería del número de veces que ha sido recargada a través de un enchufe desde que se introdujo en el coche. Así, por ejemplo, si se estima que la vida útil son 1.000 recargas y el precio de la batería son 4.000 euros, con cada nueva recarga, la batería se deprecia en 4 euros. Si yo he recargado mi batería 15 veces a través de un enchufe desde la última vez que pasé por la “gasolinera”, el operario lo ve en el contador y me cobra 60 euros por el desgaste de la batería, más el precio que corresponda por la carga de la batería que me está montando.
Si yo voy a hacer un viaje largo, podría pedir al operario que me montase una batería de litio en sustitución de la plomo. En ese caso, la amortización a pagar por cada recarga sería mayor, pero cada usuario podría elegir entre una y otra según la distancia de los recorridos habituales que fuese a hacer tras la sustitución.
De esa forma, como el usuario no posee la batería, sino que la va pagando poco a poco, el coche saldría mucho más barato. Las compañías suministradoras invertirían en baterías, que irían cobrando poco a poco a sus usuarios, y las estaciones de servicio irían retirando de la circulación las viejas y cambiándolas por otras recién estrenadas. Mucho del material de una batería es reciclable, así que todas las baterías gastadas se llevarían a centros de reciclaje, con lo que el impacto medioambiental sería pequeño. Por supuesto, la emisión de CO2 a la atmósfera disminuiría enormemente, y nivel de ruido en las ciudades también.
Además, con este sistema podría solucionarse un problema que tendrá la sustitución de los coches actuales por unos eléctricos. Para muchos estados, el combustible es una importante fuente de ingresos. Por ejemplo, el estado francés, ingresa, gracias a los impuestos con los que grava a los hidrocarburos, un 20% de su presupuesto total. Si un país desea seguir cobrando impuestos a los coches de esta forma, se podría poner un impuesto a las baterías, que sería pagado junto con cada cuota de amortización de la batería. Como todos los coches, para ser legales, tendrían que llevar una batería homologada, nadie se escaparía de pagar el impuesto, como sucede ahora con la gasolina. Espero, eso sí, que si esto sucede algún día, los gobiernos sean generosos con los conductores y no se pasen de avariciosos, que los pobres ciudadanos también queremos ver como nuestros bolsillos se benefician con el progreso.
Y esta idea, o cualquier otra similar, permitiría, a día de hoy y con la tecnología actual, imponer masivamente el uso de vehículos eléctricos.
Implicaría una fuerte caída en la cotización del petróleo, ya que su uso disminuiría de forma más que importante. También mejoraría notablemente la balanza comercial de casi todos los países desarrollados, que nos vemos obligados a importar millones y millones barriles de crudo cada año, por lo que esta medida no sólo serviría para salir de la crisis, sino que ayudaría a mejorar uno de los grandes males de muchas de nuestras economías, como es el abultado déficit en la balanza comercial.
Es estándar de baterías debería ser internacional, así que correspondería a la UE (antes de que EEUU se nos adelante, como hace con casi todo), ponerse a trabajar en una solución así lo antes posible, porque, queramos o no, el coche eléctrico va a terminar por imponerse. Mejor tener los deberes bien hechos para sacar el mayor beneficio del cambio, antes de que sean otros los que se adelanten e inunden nuestros mercados con sus diseños y sus productos. Imaginemos, por ejemplo, que son los chinos quienes se adelantan y desarrollan un estándar así, lo comercializan y tiene éxito en Europa y Estados Unidos. Nuestra industria automovilística desaparecería, millones de trabajadores irían al paro y, aunque dejaríamos de tener que importar petróleo, empezaríamos pagar una millonaria factura anual por la importación de coches y baterías.

1 opiniones:

Blogger javieron1 dijo...

Buenas tardes:

Si, seguro, llegaremos a ver coches eléctricos, creo que es el futuro, lo que no creo que es que montemos nosotros las industrias,ahí peco de pesimista, lo que expones es una visión de futuro que puede resultar pero choca con la industria petrolífera y con nuestra incapacidad para hacer cosas grandes

En esta crisis lo que faltan son ideas, todas las aportaciones como la tuya y la de otros muchos que se hagan son siempre bien acogidas y ojala que el que recoja el guante tenga la oportunidad para ponerlas en marcha.

saludos

8 de diciembre de 2008 20:27  

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