Proliferan en los últimos tiempos las listas de culpables de la crisis, tanto de personas con nombres y apellidos como de instituciones. Os presento mi propia recopilación.
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A la cabeza, los bancos.
¿Qué se han creído que son? ¿Empresas maximizadoras de beneficios? No sé a qué espera el Gobierno -luego ajustamos cuentas con El- para nacionalizarlos y convertirlos en ONGs.
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Todavía peores son los que los defienden.
Echevarri: culpable.
Fernan2: culpable. No me cabe la más mínima duda: el sistema
capitalista neoliberal os ha consumido. Porque el banco no debe ser ni un proveedor, ni un socio, ni un prestamista. Es el Enemigo. Y punto pelota.
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Además, nada de esto hubiera pasado si los hosteleros no se hubieran confabulado para crear al gran Culpable:
el Euro. Como todo el mundo sabe -por la sección de finanzas del periódico-, con la peseta podíamos utilizar la devaluación competitiva como arma contra el desempleo. Y a la vez decidir qué tipo de interés pagar a los bancos, mientras nos reímos del gabacho afincado en
Frankfurt. Erre que erre con la inflación. Si es que hemos sido tontos.
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Y para qué hablar de los economistas. Esos que pretenden abrir la botella suponiendo que tienen un sacacorchos. Los mismos que explican por qué erraron sus predicciones. Especialmente culpables son los economistas del libre mercado, por no avisar de que tenía fallos.
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No me olvido de los promotores, constructores y vividores del ladrillo. Por asociarse con el lobby de las suegras de España, poderosísimo. Ellas son las responsables, junto con los bancos, del endeudamiento masivo. Nos obligaron a comprar. Inútil luchar contra el sistema.
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Y para terminar, hablemos del Gobierno. Porque
a mí ese Solbes no me motiva nada a consumir. Espero que lo jubilen de una vez y pongan a uno que se lleve bien con la prensa económica -fundamental para anunciar el fin de la crisis-, con los bancos, con los empresarios y sus representantes, con los trabajadores y sus respectivos y, sobre todo, conmigo que soy el que debe dejar de criticar y empezar a contribuir al crecimiento del PIB.
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Mis alumnos suelen acudir a mí para calmar su insaciable curiosidad por todo lo que ocurre con la actualidad económica. No oculto mi satisfacción por ello, especialmente porque veo que la crisis ha conseguido romper la tradicional indiferencia de la gente por las cuestiones financieras y políticas. Un poco más y conseguiremos igualarnos a la prensa deportiva. Sin embargo, empiezo a acusar un cierto exceso de responsabilidad y es que las cosas hay que explicarlas bien, pero sobre todo, es necesario aprovechar la oportunidad para construir una buena pedagogía sobre la crisis económica, que nos permita enviar mensajes de calidad a la gente. Y los medios tradicionales no están ayudando mucho, que digamos. De hecho, los profesores de economía o de materias transversales relacionadas nos estamos convirtiendo en bomberos, apagafuegos vocacionales de los incendios provocados por los medios.
Hace algunas entradas -por qué decir post cuando en castellano contamos con abundantes formas autóctonas de llamar a las cosas- me reía de la terminología médica utilizada comúnmente para explicar la situación económica: el catarrillo de Solbes, la tirita de Montoro, la fiebre infantil de Botín. Y tiene su miga que periodistas empleen jerga de médicos para hablar de temas de los que no son expertos: es como si un chino se pone a traducir un texto que está en inglés para que lo entienda un español. Pero lo cierto es que el resultado parece ser muy pedagógico y, de hecho, uno puede ser buen economista pero mal profesor y peor visionario del futuro. Así que dejemos hacer.
Hay otro grupo de periodistas que prefieren utilizar términos meteorológicos. Algunos llevan ya tiempo definiendo nuestra crisis como una tormenta perfecta: la conjunción de problemas serios en los mercados financieros, inmobiliarios y de materias primas. Ya no podemos apelar a la Ley de Murphy (si algo puede ir mal, irá mal) porque ya no quedan más mercados que desajustar.
No me digan que no se parten de risa con la terminología que esgrimen nuestros políticos cuando hablan de medidas contra la crisis. La misma palabra receta ya nos incita a pensar que tenemos un problema de salud, cuando aquí el mal es de dinero. Y este suele tener remedios caseros y eficaces para salir del paso, cosa que no ocurre ni con la salud ni con el amor.
El caso es que el verano pasado nos encontramos con los primeros problemas de liquidez bancaria y aparecieron los bancos centrales, como practicantes, con sus inyecciones. Nada como un buen calmante para aguantar el dolor agudo. Pero claro, los síntomas empezaron a parecer preocupantes y no bastaba con el analgésico.
Entonces se empezó a trabajar en un diagnóstico y a discutir sobre si la enfermedad era un catarro, una pulmonía o, válgame Dios, un tumor. Ante el catarrillo, dijo Solbes, la clásica aspirina. Bueno, no tan clásica como keynesiana porque el tratamiento consistía en estimular la demanda interna, que ya empezaba a decaer, con ayudas en metálico a las familias y devoluciones fiscales en cuota de 400 euros. Pero los del ladrillo decían que esto había degenerado en una pulmonía y que hacían falta administrar contundentes antibióticos. A lo cual nuestro amigo Solbes argumentaba -y desde este blog no le he quitado la razón- que ni hablar, que cuando hicieran falta de verdad dejarían de funcionar. Así que dejemos hacer al propio organismo, que se autorregula muy bien. Y claro, los más extremistas decían que, en realidad, los síntomas ocultaban un tumor maligno. Entre ellos, algunos con intereses oscuros de diversa índole que exigían morfina para, al menos, calmar a los acreedores crediticios, la parte que más duele. A lo que el doctor Trichet, muy eficaz aunque más insensible que House, responde que el tumor -que se llama exceso de masa monetaria- debe ser extirpado.

Leo en un diario económico que el BCE podría pensarse dos veces lo de subir tipos en septiembre y que ello sería un respiro para las hipotecas. Para empezar me remito a mis incipientes
Apuntes de Economía y mi explicación sobre el tipo de interés oficial y el euribor, que no son lo mismo, aunque en condiciones normales siguen tendencias similares. Esa normalidad no la tenemos en este momento porque nuestros bancos europeos no se fían un pelo los unos de los otros (crisis de confianza) debido a que algunos de ellos tienen dinero metido en productos financieros inseguros (crisis de riesgo) y necesitan euros en metálico para devolvérselos a los incautos inversores, arrepentidos y presos del pánico (crisis de liquidez).
Así que de respiro nada. Con independencia de lo que haga Trichet en septiembre, el euribor puede hacer malabarismos en los próximos meses y vamos a ver muchos dientes de sierra en la trayectoria ascendente del interés hipotecario. El euribor se comporta como el precio de la leche: si millones de chinos de ponen de acuerdo para beber más, su valor en el mercado sube porque las vacas dan lo que pueden dar. Lo mismo con el precio del dinero: las colas de los cajeros se empiezan a saturar y los bancos necesitan billetes físicos para reponer. Y claro, los billetes también son escasos porque se imprimen de forma controlada, si no no tendrían valor.
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Egb888.
Muy buenas, soy medico y cobro un sueldo por el sistema sanitario publico, sin embargo he realizado un trabajo de investigacion por el que han abonado por otro
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Gabyh..
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Cuando tienes deudas, tienes la amenaza de que te quiten algo, de que manchen tu expediente con un cobro judicial, tienes la intranquilidad de que lo que ganes con tu trabajo no es tuyo. La publicidad nunca te dijo que las deudas eran así. La publicidad te mostraba las deudas como una oportunidad para tener lo que siempre quisiste. Es más o menos como el diablo se anunciaría antes de que firmes .