Una vez que hemos ajustado las cuentas con la especulación y nos olvidamos de fijar precios máximos o mínimos, no nos queda otra que convencernos de que nuestro problema es la sobreoferta. De hecho siempre lo ha sido. Y el mercado, si le dejamos a su aire y las administraciones públicas no meten la manaza, resolverá el problema él solito con una bajada de precios.
De acuerdo, admitamos que los ajustes en economía son lentos y, para muestra, ahí tenemos un incipiente mercado de alquiler en el que la demanda ha crecido más rápido que la oferta, más que nada porque los propietarios todavía tienen miedo al malvado inquilino. Pero no hay duda de que el alquiler será una salida muy honrosa para el exceso de viviendas vacías con que cuenta el parque inmobiliario español. Lo que ocurre es que nuestras administraciones públicas están dirigidas por políticos asesorados por expertos de titulación desconocida -por favor, no confundamos economista con experto- y siempre acaban metiendo la pata debido a la presión. En concreto, los planes de salvamento vía VPO pueden convertirse en un gran error de política económica si bloquean el sistema de vasos comunicantes entre propiedad y alquiler libre. No hace falta hacer muchos números, sólo echemos un vistazo a la pirámide poblacional y estimemos el número de pisos vacíos que van a ser transmitidos por herencia en los próximos diez años. Seguir construyendo viviendas por encima de la demanda potencial puede ser el clavo ardiendo para mantener a las constructoras haciendo algo, pero sólo consigue trasladar el problema a la siguiente legislatura, como mínimo.
Me refería en mi
decálogo a que la intervención para fijar precios máximos o mínimos no es precisamente un buen homenaje a la libertad económica, además de servir de poco. A estas alturas casi todo el mundo ha entendido que no era buena idea ponerle un tope artificial al precio del gasóleo. Por otro lado, agricultores y ganaderos se lamentan de que no cuentan con un precio mínimo que les garantice el básico sustento. Todos lamentamos que sea necesaria la existencia de especulación sobre las materias primas para poner las cosas en su sitio cuando hace tiempo que el regulador tenía que haber dado un serio toque a los intermediarios, que son los que, al fin y al cabo, falsean el funcionamiento del mercado con sus márgenes abusivos y sus técnicas de marketing.
Así que no, intervenir el precio de la vivienda -aunque sea protegida- no me parece una idea muy liberal, y menos viniendo del Gobierno de Madrid que se las da de ídem. Y no lo digo por ninguna cuestión ideológica sino porque veremos, de nuevo, lo inútil que resulta la VPO tradicional para solucionar el problema de la vivienda. Cuestión de tiempo. Me remito a la siguiente entrada de mi serie liberal, sobre la sobreoferta.
Algunos economistas distinguen entre una especulación sana y estabilizadora -la que se produce con una inocente mirada a las expectativas sobre precios futuros para actuar en consecuencia- y la especulación dañina -la que manipula la información para acaparar, generar burbujas y luego salir corriendo con el beneficio-. A la primera se le conoce más bien como arbitraje y es la forma de hacer dinero en cualquier mercado financiero a corto plazo. Nada que objetar, siempre que no haya información privilegiada de por medio y el sujeto especulador tenga conciencia del riesgo. El problema aparece en el segundo tipo, que es el que tiene efectos colaterales sobre todo el sistema, porque se aprovecha de sus deficiencias como un hacker de los agujeros de seguridad. Valga el símil.
En efecto, los especuladores del segundo tipo buscan la falta de información en el mercado, el desfase temporal entre oferta y demanda y, sobre todo, la proliferación de leyendas urbanas sobre la escasez de tal o cual materia prima para generar escaladas de precios, repartirse el botín y desaparecer con la suficiente antelación del mercado. De hecho, se puede saber si un especulador es profesional por su capacidad de anticipación: saben perfectamente cuando empiezan a sobrar. Para muestra, obsérvese la cantidad de empresarios que se largaron hace dos años a poner nuevos semilleros de ladrillo español en Budapest o en Transilvania. Por el contrario, los especuladores aficionados -incluídos los empleados de alguna caseta de obra, según descubre hoy
Cinco Días- sufren el llanto y el rechinar de dientes.
No hace falta ser un fundamentalista para creer en las bondades del mercado. Se me dirá que los supuestos que indiqué en mi última entrada son demasiado teóricos y difíciles de encontrar en la realidad, especialmente los productos homogéneos y la información, por eso muchas veces se habla de estructuras imperfectas de mercado. Pero admitamos que en cuanto introducimos unos mínimos de competencia en un sector la cosa mejora bastante. Me da miedo mentar el ejemplo del aeropuerto de Santander pero juro por mis apuntes de economía que se puede considerar caso de éxito.
Bien es cierto que hay formas de evitar la competencia como los pactos de caballeros o, en su defecto, las fusiones. El sector financiero tiene ejemplos de ambas artimañas. Y es que cualquier economía tiende a sobreproteger ciertas actividades estratégicas: es la tentación de los campeones nacionales y así nos va. La consecuencia es que sólo salen beneficiados unos pocos, a diferencia de lo que sucede en nuestro caso de éxito local donde los perjudicados son escasos -por eso son noticia cuando aparecen-. He dicho.
Dice el gran Stiglitz -como señala un interesante
artículo El País- que esto de la economía de mercado sólo funciona a golpes de fe: todo va bien mientras la gente cree en el sistema pero sobreviene la crisis cuando hay algún elemento psicológico que devuelve a los agentes a la cruda microeconomía real. Algo de esto ocurrió hace un año al estallar la burbuja crediticia y, de hecho, se habla de crisis de confianza (a fin de cuentas, crédito no significa otra cosa que fiarse). Hoy mucha gente se pregunta -como el creyente que cuestiona la capacidad de Dios para evitar los terremotos- por qué la mano invisible no funcionó sacando del sistema las hipotecas
basura. Por eso, hasta los economistas han dejado de creer en lo que no ven y apelan a la intervención de un árbitro público para dar una nueva vuelta de tuerca a las reglas del juego, sobre todo del sistema financiero mundial.
No pretendo aquí defender que el mercado es perfecto porque no lo es. Pero no hace falta ser un apologeta de aquel para entender que, muchas veces, no se cumplen los mínimos para poder hablar de economía de mercado y, por tanto, de libertad económica. A saber:
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El primer requisito es que haya muchos participantes tanto por el lado de la demanda como de la oferta. Ya sabemos lo que pasa cuando unas pocas operadoras controlan la oferta de telefonía móvil. Tampoco ayudan mucho los numerus clausus que restringen la futura oferta laboral de licenciados en Medicina. Más difícil es ver las consecuencias de un mercado inmobiliario de alquiler tan estrecho como el español. Por el contrario, la existencia de un mercado secundario de acciones -la Bolsa- con multitud de agentes comprando y vendiendo acciones, permite cuadrar las necesidades de financiación de unos con la capacidad inversora de otros. Siempre y cuando, claro, se cumplan los tres puntos siguientes.
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En segundo lugar, es necesario que no haya barreras de entrada y salida al mercado. Muchos negocios ya exigen bastante nivel de inversión y amor al riesgo como para andar exigiendo más condiciones. Y no me refiero tanto a pegas medioambientales y/o urbanísticas como a las licencias y los papeleos absurdos que desaniman a los pequeños emprendedores y a las limitaciones, no precisamente bioéticas, en el uso de la tecnología.
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El tercer supuesto -el más difícil- es que el producto que se ofrezca sea homogéneo. O lo que es lo mismo, que podamos distinguir perfectamente las alternativas. Muchos ya vamos aprendiendo que entre el yogur de marca blanca y el de la publicidad no hay ni una sola diferencia. Más complicado es hacer entender que entre un piso de alquiler en el centro de Madrid y un zulo en propiedad afincado en Villarriba hay más de un criterio de decisión a tener en cuenta.
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Por último, la información necesaria para decidir debe ser veraz y circular libremente. Supuesto que jamás se va a cumplir mientras la sociedad de la información no se convierta a la sociedad del conocimiento. Disponer de datos a la velocidad de un clic -operación más lenta en España que en otros lugares mejor dotados- no garantiza su calidad. Pero más grave resulta el empleo de malas artes que se aprovechan de la ignorancia: su dinero está bien invertido -en hipotecas subprime-, el euribor ha tocado techo -que se lo cuenten a los compradores de hace año y medio-, le ofrecemos un 7% -acompañado de una enciclopedia como regalo en especie con la letra pequeña.
Podemos analizar cientos de ejemplos y comprobar que la mayoría de las veces mentamos la palabra mercado en vano. Entonces no hay problema en pedirle al Estado que remueva los obstáculos a la competencia o que supla al sector privado cuando no llegue a cubrir los servicios básicos. Pero no lo llamemos libertad cuando sólo queremos decir propiedad privada. Leer más
Entiendo que declararse liberal en lo económico no está bien visto en los tiempos que corren. El problema es que las recetas que respetan la libertad económica brillan por su ausencia, especialmente entre los que la tienen en su credo ideológico y la exigen para sí mismos pero no para el conjunto de los ciudadanos. De nuevo pido a mis lectores que no se me despisten con términos como capitalismo salvaje o neoliberalismo porque no son más que etiquetas que no tienen concreción real. Os propongo, pues, un decálogo de principios básicos sobre el verdadero liberalismo económico:
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El mercado y la competencia son cosa buena, aunque no sean perfectos. Y en la vida sólo existen lo bueno y lo malo: lo mejor y lo peor sólo están en la imaginación.
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A los grandes no les gusta el mercado, de ahí las fusiones: cuanto más grandes, menos competidores y menos mercado.
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Tampoco conviene el mercado a los especuladores. De hecho, estos aparecen cuando no funciona la ley de la oferta y la demanda y huyen despavoridos cuando la mano invisible vuelve a poner las cosas en su sitio.
- Intervenir el precio de la vivienda no es una receta liberal. Ni en Cantabria ni en Madrid.
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El problema no es que el suelo esté o no "liberalizao". El problema se llama sobreoferta.
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Es hipócrita oponerse a la ampliación de horarios comerciales. En este caso, el problema se llama consumo desenfrenado.
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Un auténtico liberal no se alegra del fracaso de las Rondas de Comercio Internacional. Y debe protestar por ello ya que excluyen del mercado a productores muy competitivos en calidad y/o precio.
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Un liberal auténtico y coherente defiende el paquete completo de libertades: capitales, productos y personas. Y protesta por las barreras que dejan en evidencia a nuestro capital humano autóctono.
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Un auténtico liberal también debe recordar que Obama es un proteccionista sin remedio, como todos los políticos en USA. Algún defecto tenía que tener.
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Y claro que el Estado puede ayudar: ofreciendo servicios públicos donde el sector privado no llegue y eliminando las trampas que modifican las decisiones naturales de los agentes económicos. Dejemos al mercado hacer. Que se ajuste él solito.
Seguro que algunas de mis afirmaciones no pasarán desapercibidas. Me tomaré la molestia de explicarlas con detalle en próximas anotaciones. Leer más
Feinmann.
Nosotros hablando de tonterías, cuando salta una noticia tan importante y que se nos ha pasado: Los precios subieron más en España que en la Eurozona en 2012
txebas.
Resulta que me pongo a mirar las operaciones que habia realizado por que el liquido no me cuadraba y efectivamente no me cuadra esta vez ni me han puesto el
Bolsamanía123.
Pues eso, estoy indignado con lo de José Bretón y sus hijos asesinados Ruth y José, y muchos otros casos de asesinatos y en especial con la violencia de género
carlos2011.
La denominada marcha negra entró en la Comunidad de Madrid este domingo tras dos semanas de recorrido. Los mineros pretenden coronar su oleada de protestas con
El nolano.
banco malo, preferentes a saco, no se como todavia queda gente que cree en la solvencia de la caixa, por otra parte el popular es el banco que mas dinero
Empecinado.
Esta frase del Financial Times publicada el miércoles es el mejor resumen de lo que piensan de Rajoy mercados e instituciones. El presidente ha perdido toda
Diegoduef.
(Pido perdón por si el tema ya existe) http://www.elmundo.es/elmundo/2012/05/17/economia/1337261715.html
Juanff.
"Alguien tiene que salir para decir que los depósitos están garantizados Santiago Niño Becerra - Jueves, 3 de Mayo del 2012 A continuación alguien muy,
Europ.
El presidente de la Asociacion de Usuarios de Servicios Bancarios (Ausbanc), Luis Pineda, analiza en 'El Gato al Agua' uno de los productos de inversión más
Fibocrusty.
Pues que bonito, el sueño de una qe3 generando mas inflaccion mundial, mas burbuja en usa, masd subidas de commodities, de oro, etc... que perjudicara a muchos