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28 de abril de 2008

Quita y no pon, se acaba el montón







He oído por la radio a un famoso comentarista de economía y bolsa, parece ser que es un profesional de altos vuelos y no me extrañaría que también sea impermeable, ya que he observado que no se moja ni aún cuando llueve; y digo, ¿para qué quiero oír al experto informador que dice?: Ni si, ni no, ni que me sé yo.

Comprendo que los profesionales quieran nadar y guardar la ropa; comprendo que quieran, pero comprender no es aceptar, quisiera que si quieren pescar peces se mojen el culo. Este hombre ha dicho esto: “La bolsa no está para lanzarse a comprar ni para cortarse las venas”. Y esto lo dijo sin que le temblara la voz. He comentado el caso con un buen amigo mío, y este, que cuando la cosa lo merece sabe destilar cualquier clase de ácido, me ha dicho: “entonces, si no debemos comprar ni cortarnos las venas, ¿qué es lo que debemos hacer, dejarnos largas las venas?.

El rey Creso preguntó al Oráculo de Delfos qué era lo que le deparaba el destino si se decidía a atacar a los persas, y la Pítia le respondió: “Si cruzas el río Hálys un imperio caerá”. Creso tenía sabios a sueldo que no supieron interpretar correctamente el vaticinio, porque el oráculo había dicho una gran verdad totalmente inútil.

Hubo un tiempo en que los que no presumían se limitaban a decir cosas tan simples como estas. “ De donde no hay, no se puede sacar” o “quita y no pon, se acaba el montón” o “no hay más cera que la que arde”. Claro que estas personas no esperaban que se les homenajeara por decir estas verdades, ellos las daban gratis y con amor. Otros más cultos que vivían sin tener que madrugar y nunca iban a escardar, decían otras cosas como esta:

“Para pensar y para hablar, es bueno tener presente el principio de no contradicción”. Y ahí va el principio: Una cosa no puede ser ella misma y la contraria al mismo tiempo. A pesar de que el enunciado de este principio se conoce desde hace miles de años, aún nos resistimos a hacerle el honor que merece; y es que, la ambigüedad es la más rentable de las mentiras. Sobre todo si aquellos a los que se engaña están felices por tener una coartada para hacer lo que les venga en gana, y les excuse suceda lo que suceda.


Antes de que se escribieran millones de folios sobre el principio de no contradicción, la idea ya estaba implícita en esta vieja sentencia: No usarás dos varas de medir. Hoy ya no se hablaría de dos varas sino de muchas más.


Creo que Creso nunca debió consultar al oráculo y creo que solamente lo hizo para descargarse de responsabilidad. Cuando años antes preguntó a Solón: “Dime, ¿conoces a alguien más feliz que yo?”. Sin saberlo, claro está, ya estaba ganando su futura derrota. Más tarde, vencido y reducido a esclavo, supo recuperar la libertad y la fortuna. Esto lo hizo, sin duda alguna, con la ayuda de Zeus y de Atenea, los que portan la Égida, y puede que hasta aprendiera a ser feliz, sin escuchar más oráculos de Delfos ni de ningún otro sitio.


NOTA: La Égida es la piel de la cabra Amaltea. Zeus y Atenea son los únicos dioses que la poseen, la llevan sobre los hombros y se sirven de ella como escudo que les hace invulnerables. A la cabra Amaltea se le desprendió un cuerno y de él brotaron los bienes más preciados para la vida de los mortales, por eso le llaman Cuerno De La Abundancia o Cornucópia.







7 de abril de 2008

A la Naturaleza no le interesa nuestra felicidad


Con paciencia y observación, he llegado a la creencia de que intentamos alcanzar la felicidad del modo más natural. Inmediatamente he de decir que creo que lo natural es precisamente lo menos conveniente para nuestro propósito. Dicho esto, sé que debo prepararme para resistir, porque tener creencias enfrentadas a las de la mayoría de la gente con la que he de convivir tiene tela marinera.
Parece lógico comprar acciones de una compañía de la que se sabe que navega con viento a favor y la gobierna un buen navarca; pero resulta que esa compra era realmente buena cuando aún no se hablaba de ella. Somos muchos los que nos ponemos largos en una acción que ha subido más de lo que se merece y luego decimos –“era natural que comprara”. Eso es porque solemos creer que lo que se ha de hacer es precisamente lo que más se parece a lo que hacen todos. Esto no sería malo, si la mayoría hiciéramos lo más conveniente, pero la cosa se complica cuando casi todos hacemos lo que es natural.

Dicen que el poder no se limita a sí mismo, pero he visto algunos que limitan su poder por fidelidad a unos principios y no por eso dejan de tener poder; sin embargo, la codicia no se limita a si misma, porque si lo hiciera, ya no sería codicia. Muchos antiguos trataron el tema de la felicidad y curiosamente casi no la nombraron. Ellos solamente hablaban de lo importante que es alejar el mal, dando por sentado que si se consigue, lo demás llega rodado. Y otra cosa curiosa, aquellos vejetes aconsejaban escapar de la pobreza, pero insistían en aclarar que no debemos afanarnos en conseguir más y más; porque la riqueza trae consigo muchos desvelos, y para conseguirla o mantenerla, a veces nos obliga a traicionarnos nosotros mismos.

La Naturaleza ha dispuesto que si llegamos a nacer, padezcamos enfermedades que sirvan para seleccionar a los más resistentes, además nos ha dotado de ambición y orgullo suficientes para competir sin descanso entre nosotros, con el fin de conseguir mejorar la selección; la Naturaleza nos ha dotado también de la calentura suficiente para desear y lograr el apareamiento. Llegada otra generación, a la Naturaleza no le importa si este o aquel muere pronto o tarde, o si padece o no. Ella no se ocupa de esas nimiedades, le basta que las generaciones se sucedan.

Aparte de alimentarnos, respirar, dormir y poco más, casi todo lo que hacemos “porque es natural”, acaba produciéndonos dolor de cabeza. Es extraño que cuanto más esclavos somos de la Naturaleza, más libres nos creemos ser. Ella manda y nosotros obedecemos. Esto pasa porque ella es una bruja que nos tiene sometidos.

Puesto que somos Naturaleza y hemos de vivir en ella, no es bueno que le plantemos cara, pero es conveniente no darle gusto en todo y hacerle algunas trampas antes que hacérselas a nuestras familias, nuestros amigos o a los que colaboran con nosotros haciendo negocios.

Hace ya dos mil años, Cicerón dijo: --“no transites por la amplia avenida donde todos circulan con aparente comodidad. No vale la pena”. Creo que más o menos vino a decir que a veces es conveniente tener una opinión contraria al mercado. Bastante impertinente debió de ser este hombre, porque lo asesinaron y no fue para robarle.