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24 de marzo de 2008

Me duele el dolar

Ser o no ser:
Hace muchos años me dijeron que mantener dólares era una buena práctica, eso se decía porque los bancos centrales de muchos Estados del mundo los tenían como reserva y respaldaban sus propias monedas con esta divisa; además, eso también lo hacían la mayoría de las compañías comerciales de mucho postín.

También me dijeron que durante muchos años la mayor parte del comercio internacional se hizo en dólares. Me ilusionaba la posibilidad de hacer con mi pequeña economía lo mismo que hacían los Estados soberanos. Todo esto me bastó para dejarme engatusar por esta idea y yo solito tomé la decisión de que para cubrirme en caso de una crisis monetaria me convenía tener la divisa esa. Así que dicho y hecho, hace ya tiempo que me compré un dólar seminuevo pero en buen estado, lo tengo en el cajón de mi mesita de noche, de esta forma he combatido el insomnio durante varios años.

Con todo, ya no me sirve para dormir mejor, por las noches me despierto sobresaltado y preocupado por la salud de mi dólar, enciendo la luz y lo miro, no se si es mi imaginación, pero me parece que cada día que pasa se debilita más.

Todos sabemos que el valor de las divisas fluctúa igual que la renta variable. Jugué al juego que se me proponía, confiando demasiado en la eficacia de la economía americana; lo que nunca pensé fue que precisamente esa eficacia podría ser la causa de que un día enfermara mi dólar.

Después de la llegada del euro, el dólar alcanzó a cotizar a 1´20 €, ¿no sería la aparición del euro la que dio la oportunidad para entrar en fase de distribución y luego dejar languidecer la cotización?, al fin y al cabo, esta técnica es clásica en la bolsa.

Estoy empezando a pensar en el buen negocio que sería para el banco emisor permitir que el valor de su billete llegase al suelo; después de todo, él nunca se ha comprometido a cambiármelo por una determinada cantidad de trigo. Ya he hablado con el que me vendió el dólar y dice que él no responde; además me ha recordado que fui yo quien quería que me lo vendiese; y dice, que entonces cuando le compré el billete yo estaba convencido de que hacía una operación mollar y que por lo tanto yo debería haber supuesto que el vendedor saldría perdiendo, consecuencia de este razonamiento, él ha afeado mi actitud por no haber tenido remordimientos de conciencia. Es de suponer que algo así pensará también el banco que emitió mi dólar, que seguramente está riéndose de mis pesares. La ingenuidad me animaba a creer que después de poner un billete en circulación, alguien debería tener la responsabilidad de cuidar su salud, para que mi dólar no se perdiera como lágrimas en la lluvia.

Me preocupa que un día los que pueden decidir decidan que ya ha terminado la vida útil de mi billete y lo canjeen por otra moneda nueva, si fuera así, ¿dónde podré hacer el canje de mi difunto dólar por su sustituto? ¿Tendré que ir a EE UU para cambiarlo?.

A lo mejor, solamente se trata de una operación hecha con el fin de comprar a bajo precio los dólares que antes vendieron caros, y finalmente mi dólar vuelva a recobrar la salud. Quizá sea mejor que no espere más, venda mi dólar mañana y me compre un puro caliqueño para fumármelo a su salud.

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Caliqueñohttp://www.caliqueno.net/articulos/elcaliqueno.htm

8 de marzo de 2008

Quisiera ver a Ulises en el “parqué”



Todos los días cantan las sirenas, las oigamos o no. En pocos segundos pueden dar la vuelta al mundo en busca de una víctima que se deje embelesar y les preste su cuerpo y su vida. Durante el tiempo que dura el encantamiento, las sirenas se divierten de lo lindo, luego, cuando un punto de cordura nos llega, después del fracaso, las sirenas se van en busca de otro que se deje poseer y con quien puedan divertirse un rato o unos días.

Esto sucede porque las sirenas no tienen cuerpo, como pampoco lo tienen la serenidad, la ambición, la constancia, o la astucia, todas estas y otras cualidades buscan alojamiento en nosotros y de nosotros depende que se queden o salgan corriendo.

Unas cualidades se cuidan de nuestro bien, en cambio otras sin sentir remordimientos se cuidan en destruirnos. Al fin y al cabo, cada una de ellas actúa según su natural, y al hacerlo cumple con su obligación. Pero nosotros podemos elegir como hizo el prudente Ulises. Él dejaba que Atenea se paseara a gusto por su caletre o por su sesera, que lo mismo da.

Ulises era tan astuto, que cuando le preguntaban quien era él, normalmente respondía: -- yo soy nadie. Aquel hombre sabia lo que hacía; un rey fuera de su reino y perdido en cualquier playa del Mare Magnum tenía más posibilidades de mantenerse con vida diciendo, “soy nadie”. Mil años más tarde los estrategas que desfilaban triunfantes en Roma, llevaban un esclavo pegado a ellos como una sombra y el esclavo les susurraba: --recuerda que has de morir. Esto se hacia para evitar que se envanecieran en exceso con tantos halagos y honores.

La diosa Atenea, nunca fue un ser fabuloso ni se paseó por el Olimpo comiendo y bebiendo ambrosía y nectar como una posesa, realmente la diosa Atenea no come ni bebe y no es otra cosa que la mismísima sabiduría, además y afortunadamente, es inmortal; por eso se dice que es una Divinidad. Desde que Prometeo robó el fuego de los dioses para dárselo a los mortales, y los dioses en venganza, nos enviaron a Pandora y su maldita caja llena de calamidades, Atenea se afana intentando ayudarnos fetén.

La Divina Atenea inspiró a Ulises para que construyera el caballo de madera, y también Ella le ayudó a escapar de Polifemo. La Diosa anudó las ataduras que impidieron a Ulises correr en busca de las Sirenas, las sogas que le sujetaron solamente son una alegoría, en realidad eran hilos más resistentes que las cuerdas de esparto engrasado; él estuvo bien amarrado por sus convicciones y por la disciplina. Atenea le cedió el coraje suficiente para abandonar el abrazo de la bella Circe, y le dio ánimo para alejarse de Nausica, la hermosa que con un roce de su mano le despertó a un amanecer rosado.


Mucho me gustaría ver como se las maravillaría Ulises hoy en día, navegando por el “parqué” de cualquier bolsa del mundo. Para su bien, él solamente tuvo que enfrentarse a monstruos y “monstruas” de siete cabezas y navegó a bordo de las cóncavas naves, pero nunca lo hizo en la banda ancha, ni en la a.d.s.l.





4 de marzo de 2008

Nasruddin, su burro, y Los Mares Del Sur


Parece ser que Nasruddin Khodja nació en Turquía en el año 1208 y que durante toda su vida fue un hombre muy simpático, y además no era tonto. Fue educado en la escuela islámica de Konya, y estuvo dotado de un gran sentido común e ironía. Fue sucesivamente sirviente, monje derviche, mulá y finalmente imán. De él se cuentan graciosas anécdotas como estas:

Una vez, Nasruddin se cayó por las escaleras y se hizo mucho daño. Quedó en cama donde a pesar de la medicación sufría terribles dolores. Sus amigos se acercaron a visitarle.
-Bueno hombre, eso no es nada. Podría haber sido mucho peor…-- dijo uno.
- Al fin y al cabo no tienes ningún hueso roto…- añadió otro.
- Verás qué pronto estás recuperado…- dijo un tercero.
- Nasruddin, sufriendo un intenso dolor, los sacó a gritos de la habitación, diciendo:
- ¡Fuera todos de aquí! ¡Que no entre nadie más, a menos que se haya caído alguna vez desde lo alto de las escaleras!.
Otra:
Una mañana el mulá Nasruddin se encontró con un amigo, al que encontró con mal aspecto.
-¿Qué te ocurre? –Le preguntó el mulá.
-Verás, es que todas las noches me acuesto, me duermo, y sueño que hay un monstruo horrible debajo de mi cama. Me despierto y miro debajo de la cama, pero allí no hay nada. Sin embargo, luego no puedo volver a dormir. Ahora mismo voy a casa del doctor, para que me dé un remedio aunque me cueste cien dinares.
-Hombre,--replicó el mulá – yo puedo darte un remedio por sólo treinta.
El vecino le dio inmediatamente el dinero.-¿Cual es el remedio?.
-Ve a tu casa y sierra las patas de la cama.
Esta que viene es la buena:
También cuentan de él, que un buen día se fue al mercado con la intención de vender su burro; había meditado bien el asunto, y pensaba que sería afortunado si conseguía que le pagaran treinta dinares por su viejo burro.
No tardó en encontrar un tratante que estuvo de acuerdo con el precio que Nasruddin pedía, y cerraron el trato.
Feliz y contento se marchaba Nasruddin a su casa, cuando escuchó una voz que gritaba así:
-¡Venid aquí, voy a subastar este precioso burro! ¡fijaos bien en su hermosa cabeza, y sus fuertes patas!. ¡El precio de salida es de cuarenta dinares! ¿Hay quien dé cincuenta?. Pronto alguien dijo: -¡Doy cincuenta!, y otro replicó: -¡yo pago sesenta!, y otro más dijo: -¡yo doy setenta!.-Setenta dinares a la una, setenta a las dos,…De pronto, Nasruddin se alzó sobre las puntas de sus pies y grito: ¡Yo pago ochenta dinares!. A continuación recogió su viejo burro, pagó los ochenta dinares y muy orgulloso regresó a su casa.

¿Somos muchos los Nasruddines que vamos de casa al mercado y del mercado a casa?. Lo que hizo este hombre quizá sirva para explicar lo que ocurrió en la bolsa inglesa en el año 1720, con la Compañía de los Mares del Sur.