La suerte no ha nacido aún

No conocía el libro que ha recomendado quant_Notes. El libro es de Nassim Nicholas Taleb, y el título es: “¿Existe la suerte?”. Lo voy a comprar, lo voy a leer y quizá entonces cambie de idea; pero hoy, creo que la Tiqué de los griegos, la Sors de los romanos y la Providencia de los cristianos no existen.
Algunos de los que hablan de la suerte no saben que se trata de una diosa, cuidadín con hablar mal de ella no sea que se enfade.
En las religiones más antiguas no aparece la Diosa Fortuna; algunos le dan esta cualidad a La Diosa Isis, pero en realidad fueron los romanos los que la apodaron Patricia y la asimilaron a la suerte. En el viejo Egipto no era así. La primera Teogonía que se conoce es la de Homero, en ella no hace mención a la Fortuna, el primero que la menciona es Hesíodo que la presenta como hija de Océano y Tetis.
Para los romanos fue la Diosa Sors y para los cristianos es La Providencia, aunque esta última no es un ente independiente, sino una cualidad de Dios. La diferencia con las anteriores es que La Providencia solamente procura el bien. Así que los hechos malos que son inexplicables, supongo que son descendientes del Demonio. He leído que La Providencia aparece ya en el Antiguo Testamento, pero la he buscado en la Toráh y no la he encontrado, ni con ese, ni con otro nombre.
Desde luego, el día que me aplasté el dedo gordo con un martillo, no fue cosa de mala suerte, ni fue un accidente, fue falta de pericia, y exceso de terquedad. Mis padres ya me habían advertido del peligro, pero eso tampoco fue cosa de suerte, fue consecuencia de su experiencia y su deseo de protegerme. Naturalmente, yo no me dejé proteger, y me reventé el dedo.
Ulises dijo que en la isla de Ítaca, cerca del puerto, existe una gruta, a la entrada de la gruta hay un olivo, (el olivo representa a Atenea diosa de la sabiduría). Los que entran en la gruta, (nacimiento) reciben la influencia del olivo, luego, en el interior de la gruta hay dos rampas, por una descienden los hombres y por la otra ascienden los dioses. (La gruta simboliza el transcurrir de la vida). Puede ser que a partir del momento en que los hombres responsabilizaron a la suerte, dejaron de perfeccionarse. Además, ¿quien puede afirmar que tiene mala suerte porque no consigue alcanzar lo que más desea?. Algunos dicen que cuando los dioses quieren castigarnos atienden nuestras suplicas.
Había que inventar la suerte, y se inventó para que fuéramos condescendientes con los demás y con nosotros. Cuando algo puede achacarse a la suerte, se deja de buscar la verdadera causa, y usamos la suerte como tinta de calamar para la memoria y bálsamo de fierabrás para la conciencia.
¿Podemos creer que cada día, la suerte, buena o mala, se genera en cantidad suficiente para afectar a todos los bolsistas del mundo, sin que al final de la jornada falte o sobre suerte?. Está bien que hablemos de la buena o mala fortuna en sentido figurado, pero creer en ella es otra cosa. Se que cuando pierdo en la bolsa, es por mi culpa.
A partir del nacimiento de la dichosa diosa esa que llamaron Tiqué, somos más los que bajamos por la rampa de la gruta, que los que suben.
Algunas veces a la vista de un espejismo he actuado de forma irreflexiva confiando demasiado en las apariencias, después, ante el mal resultado he culpado de mi fracaso a la mala suerte. De esta manera he encajado el coscorrón y no he aprendido nada. Por fin, he comprendido que no puedo culpar a la suerte y seguir sumando chichones. Me permito aconsejar un libro de “ayuda”, donde se explica como unos hacen su propia suerte y a otros se la hacen. Se trata de: “Discursos sobre la primera década de Tito Livio” de Nicolás Maquiavelo. Alianza Editorial. ¡Y solo me ha costado 8´5 €!.
Ahora un chiste: Un hombre, de profesión aserrador, se cortó una mano en la sierra. Los compañeros lo llevaron al hospital y allí al rellenar la ficha el oficinista preguntó: --¿Cómo ha sido?, los compañeros del herido respondieron:-- Pues verá, estaba este hombre aserrando una tabla, cuando le sobrevino el accidente. Y el oficinista exclamó: -- ¡Pues menos mal que estaba tocando madera!.





