Eureka

16 de diciembre de 2008

Roma compraba y vendía futuros.

“Lo que fue, eso será, y lo que se hizo se hará, pues no hay nada nuevo bajo el sol”. Esto se dice en el libro de la Eclesiastés (asamblea), escrito allá por el ochocientos a.C..

Las ventas en descubierto existían ya en la Roma antigua. Nada hay de sorprendente en el hecho de que aquella gente fuera tan marchosa, la vida era menos cómoda de lo que es hoy; y si el esfuerzo para vivir era mayor, mayor sería su amor a la vida. Ejercitaban los músculos, pero también, sabían idear cualquier negocio para ganarse un denario.

Veasé el ejemplo:

Licio vende a Orosio una casa propiedad de Clodio, sin necesidad de informar previamente a este último. Vendedor y comprador ajustan el precio y fecha de entrega. Luego, Licio debe comprar la casa de Clodio para entregarla a Orosio, y en el caso de que Clodio se niegue a vender a Licio, Licio deberá indemnizar a Orosio por la oportunidad perdida. Este intermediario ganaba más que los agentes inmobiliarios, pero también arriesgaba más.

Otro ejemplo:

Antonio está ocupado armando un barco para partir en busca de mercaderías, que él espera comprar a cinco y vender a ocho; pero dado que hay buenos y malos momentos para la navegación, los barcos mercantes suelen partir a un tiempo y arribar con pocos días de diferencia, por lo que llegan al mercado a oleadas. Estas circunstancias, causan algunas veces una gran abundancia de oferta y una caída del precio. Por esta razón y con el fin de asegurarse un beneficio, Antonio antes de partir, pone a la venta parte de las mercaderías que espera adquirir en otros territorios; pero si durante el viaje de regreso recala en algún puerto y allí encuentra un mejor comprador, puede vender, y al llegar a su destino deberá comprar a precio corriente las mercaderías que ha de entregar.

Ni que decir tiene, que el comprador de estos futuros, a su vez, podía venderlos a otro que estuviera interesado; y al igual que el mercader viajero, cualquier ciudadano romano podía vender sin tener, si barruntaba que más tarde podría comprar a un precio mejor. Este contrato de compra-venta no tenia carácter real sino obligacional, pues el vendedor entregaba la propiedad pero no la posesión, ya que en el acto, no se hacia la traditio (entrega) de la merx (mercadería). El comprador se comprometía a pagar el precio y el vendedor a hacer entrega de la pacifica posesión, en fecha futura. Por lo tanto se trataba de productos apalancados. Nada hay nuevo bajo el sol.

Los puertos eran frecuentados por los que querían saber si las legiones progresaban bien o si el trigo egipcio llegaría pronto. Los precios oscilaban a tenor de las noticias. Por las calzadas romanas los veloces jinetes de postas, transportaban la correspondencia; y la información urgente, se transmitía a través de los telégrafos, que de día eran de humo, y por la noche de fuego. Estos procedimientos ya se usaban en la Persia imperial, mil años antes, y tanto servían para el amor, el comercio, o la guerra; que al fin y al cabo son la misma cosa.

Para que una operación de compra-venta fuera legal no era necesaria la presencia de los interesados, estos podían servirse de intermediarios; de este modo, un habitante del Laccio podía comprar y vender una finca en Sicilia, varias veces, sin salir de su pueblo.

Los romanos, durante la época de la república no eran aficionados al comercio, y su economía estaba construida sobre el arado y la espada. Más tarde, en la época imperial aprendieron tanto de los semitas, que hoy, no hay forma de comercio que ellos no practicaran ya. Las transacciones estaban reguladas por el Derecho Romano, tan sólidas eran las leyes de Roma, que las nuestras, "las buenas", solamente son una pequeña variante de aquellas.

1 opiniones:

Blogger jlsp dijo...

Curioso y muy bueno. Me encantan todos tus artículos.

Saludos,

José L. Sanchis

17 de diciembre de 2008 21:24  

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Roma compraba y vendía futuros.

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