Se me encendió la bombilla

Releyendo a kipling me detuve en estas palabras suyas: “…y lo que es más, serás Hombre, hijo mio”. ¿Que ocurriría si este autor no fuera contemporáneo nuestro, sino antiguo, y por lo tanto creyendo que era tonto, nos resistiéramos a hacer exégesis de los símbolos que utiliza para darnos a entender sus ideas?.
Si estas mismas palabras se hubieran encontrado en una lápida de autor desconocido, y los arqueólogos le otorgaran una antigüedad de miles de años, posiblemente nos quedaríamos perplejos ante un padre cuyo hijo no es hombre, pero puede llegar a serlo. ¿Acaso sería que el padre no era hombre?. Sabemos que Kipling escribe “Hombre”, no como especie, sino como cualidad de prudente. En cambio no entenderíamos tan fácilmente a otro autor, que hubiera escrito algo parecido miles de años atrás. Y puesto que gracias al cine, tenemos la creencia, de que nuestros antepasados además de brutos eran unos fantasiosos, pensaríamos que aquellas palabras eran la revelación del conjuro de alguna divinidad creadora, ocupada en formar el primer hombre.
En la Ilíada, La escena en que Aquiles engancha el cadáver de Héctor al carro y lo arrastra hasta desfigurarlo y casi romperlo, ante el disgusto de Atenea, la diosa sabia, nos dice realmente, que lo hizo con la desaprobación de todos los presentes, dotados de inteligencia. “Ante el disgusto de la Diosa Atenea”, es la forma escogida por Homero para decir que frente a un acto tan reprobable la inteligencia se enfadó.
Pero si aquel hombre hubiera escrito de forma llana; su obra no le hubiera sobrevivido. Gracias a que se expresaba así, ha llegado hasta nosotros, y o se le comprende, o se le disfruta como si solo hubiera hecho el relato de una memorable fantasía épica, de esta forma sirve a todos, en todas las épocas.
Quisiéramos que los escritos más antiguos se entendieran leyéndolos al pié de la letra. No comprendemos lo que nos querían decir los que hablaban de la zarza que ardía sin llegar a consumirse, pero si que entendemos lo que quiere decir ,“Se me encendió la bombilla”.
Si estas mismas palabras se hubieran encontrado en una lápida de autor desconocido, y los arqueólogos le otorgaran una antigüedad de miles de años, posiblemente nos quedaríamos perplejos ante un padre cuyo hijo no es hombre, pero puede llegar a serlo. ¿Acaso sería que el padre no era hombre?. Sabemos que Kipling escribe “Hombre”, no como especie, sino como cualidad de prudente. En cambio no entenderíamos tan fácilmente a otro autor, que hubiera escrito algo parecido miles de años atrás. Y puesto que gracias al cine, tenemos la creencia, de que nuestros antepasados además de brutos eran unos fantasiosos, pensaríamos que aquellas palabras eran la revelación del conjuro de alguna divinidad creadora, ocupada en formar el primer hombre.
En la Ilíada, La escena en que Aquiles engancha el cadáver de Héctor al carro y lo arrastra hasta desfigurarlo y casi romperlo, ante el disgusto de Atenea, la diosa sabia, nos dice realmente, que lo hizo con la desaprobación de todos los presentes, dotados de inteligencia. “Ante el disgusto de la Diosa Atenea”, es la forma escogida por Homero para decir que frente a un acto tan reprobable la inteligencia se enfadó.
Pero si aquel hombre hubiera escrito de forma llana; su obra no le hubiera sobrevivido. Gracias a que se expresaba así, ha llegado hasta nosotros, y o se le comprende, o se le disfruta como si solo hubiera hecho el relato de una memorable fantasía épica, de esta forma sirve a todos, en todas las épocas.
Quisiéramos que los escritos más antiguos se entendieran leyéndolos al pié de la letra. No comprendemos lo que nos querían decir los que hablaban de la zarza que ardía sin llegar a consumirse, pero si que entendemos lo que quiere decir ,“Se me encendió la bombilla”.
