El laberinto

Para escapar del laberinto, Ícaro aprendió a volar; pero el sol, derritió la cera con que el hombre pájaro sujetaba sus alas. La consecuencia fue un costalazo de los que hacen historia.
La percepción de los limites nos exaspera, pero aunque alguien pudiera viajar por los cuerpos celestes, se encontraría siempre en espacios limitados.
En pleno campo, la vista de una cordillera atrae nuestra atención, mueve nuestra curiosidad y nos crea el deseo de ver lo que hay al otro lado.
Tenemos la sensación de vivir en el laberinto, porque no escrutamos suficientemente en lo próximo y no percibimos todas las posibilidades. Realmente casi desconocemos el área en que nos desenvolvemos. A propósito, hace unos días mi amigo Francisco Llinares dijo una frase flipante: “El universo es infinito también hacia dentro”.
La bolsa es uno de esos lugares, que prometen llevarnos más allá. Pero la bolsa no se inventó para que cualquiera pudiera ganar dinero y autoestima casi sin esforzarse. Al contrario, se inventó para que los que ya tenían mucho, aun pudieran ganar más. Los que tienen una empresa próspera, no venden parte de ella entre los anónimos, por bonhomía o filantropía. Ganar algo en ese maremagno, que es la bolsa, donde los que creen ser cazadores pueden llegar a ser la presa, requiere la paciencia de la leona y la astucia de la zorra.
Si algún novato pierde, y escocido, se aparta de la bolsa, puede que se libre de mayores peligros; pero el que tenga la suerte del principiante, puede hacer dos cosas: Una es coger el dinero y salir corriendo, la otra es ponerse a estudiar.
A propósito del dinero, Quevedo dijo que el dinero no cambia a las personas, lo que hace es descubrir lo que hay en el interior de cada uno.

Hola Julio,
¡¡ Qué buen comentario !!
Me ha gustado mucho.
Un saludo
Julio: Hace usted que piense, despues de leer su comentartio.
¡¡ Un 10 !!
Julio: Echo de menos más publicaciones suyas. Es usted ¡MAGNIFICO!!