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8 de marzo de 2008

Quisiera ver a Ulises en el “parqué”



Todos los días cantan las sirenas, las oigamos o no. En pocos segundos pueden dar la vuelta al mundo en busca de una víctima que se deje embelesar y les preste su cuerpo y su vida. Durante el tiempo que dura el encantamiento, las sirenas se divierten de lo lindo, luego, cuando un punto de cordura nos llega, después del fracaso, las sirenas se van en busca de otro que se deje poseer y con quien puedan divertirse un rato o unos días.

Esto sucede porque las sirenas no tienen cuerpo, como pampoco lo tienen la serenidad, la ambición, la constancia, o la astucia, todas estas y otras cualidades buscan alojamiento en nosotros y de nosotros depende que se queden o salgan corriendo.

Unas cualidades se cuidan de nuestro bien, en cambio otras sin sentir remordimientos se cuidan en destruirnos. Al fin y al cabo, cada una de ellas actúa según su natural, y al hacerlo cumple con su obligación. Pero nosotros podemos elegir como hizo el prudente Ulises. Él dejaba que Atenea se paseara a gusto por su caletre o por su sesera, que lo mismo da.

Ulises era tan astuto, que cuando le preguntaban quien era él, normalmente respondía: -- yo soy nadie. Aquel hombre sabia lo que hacía; un rey fuera de su reino y perdido en cualquier playa del Mare Magnum tenía más posibilidades de mantenerse con vida diciendo, “soy nadie”. Mil años más tarde los estrategas que desfilaban triunfantes en Roma, llevaban un esclavo pegado a ellos como una sombra y el esclavo les susurraba: --recuerda que has de morir. Esto se hacia para evitar que se envanecieran en exceso con tantos halagos y honores.

La diosa Atenea, nunca fue un ser fabuloso ni se paseó por el Olimpo comiendo y bebiendo ambrosía y nectar como una posesa, realmente la diosa Atenea no come ni bebe y no es otra cosa que la mismísima sabiduría, además y afortunadamente, es inmortal; por eso se dice que es una Divinidad. Desde que Prometeo robó el fuego de los dioses para dárselo a los mortales, y los dioses en venganza, nos enviaron a Pandora y su maldita caja llena de calamidades, Atenea se afana intentando ayudarnos fetén.

La Divina Atenea inspiró a Ulises para que construyera el caballo de madera, y también Ella le ayudó a escapar de Polifemo. La Diosa anudó las ataduras que impidieron a Ulises correr en busca de las Sirenas, las sogas que le sujetaron solamente son una alegoría, en realidad eran hilos más resistentes que las cuerdas de esparto engrasado; él estuvo bien amarrado por sus convicciones y por la disciplina. Atenea le cedió el coraje suficiente para abandonar el abrazo de la bella Circe, y le dio ánimo para alejarse de Nausica, la hermosa que con un roce de su mano le despertó a un amanecer rosado.


Mucho me gustaría ver como se las maravillaría Ulises hoy en día, navegando por el “parqué” de cualquier bolsa del mundo. Para su bien, él solamente tuvo que enfrentarse a monstruos y “monstruas” de siete cabezas y navegó a bordo de las cóncavas naves, pero nunca lo hizo en la banda ancha, ni en la a.d.s.l.