Lo sé de buena tinta, te lo digo por ser tú quien eres. (primera parte)
Hace más de doscientos años un joven, agente de cambio y bolsa, salió de su pueblo que está en las proximidades de Fancfort; y como tantos otros han hecho, emigró buscando una vida mejor. Eligió la ciudad de Londres, que por aquella época era la capital de las finanzas, después de que Ámsterdam le cediera el paso.
Durante un tiempo trabajó para un cambista afamado, luego, abrió su propia oficina, y lo hizo bien: Ganó renombre y pudo disfrutar del beneficio que le daba el hecho tener la confianza de sus parroquianos. Se acomodó a las costumbres inglesas, y no permitió que el éxito le hiciera olvidar su familia, ni su pueblo. Escribía frecuentemente a su madre, que ora lamentaba verse privada de la presencia de su único hijo varón, ora presumía de lo listo que era.
Un día, la madre recibió una carta de su hijo en la que afirmaba que pronto regresaría para poderle abrazar; por el momento debía esperar un poco, pues estaba muy atareado en unas gestiones, que requerían toda su atención por lo importantes que eran. Escribía para que la madre estuviera al corriente de los acontecimientos, le decía que estaba comprando todas las acciones de una compañía minera que operaba en África, en la cual habían encontrado un enorme filón de oro.
El momento era muy delicado, porque si alguien llegara a enterarse del hallazgo, las acciones subirían tanto, tanto, que él ya no podría comprar más. Se trataba de una oportunidad especial, y le rogaba que guardara bien el secreto; nadie debía saberlo. Pero si la operación salía bien, y eso podía darlo por hecho, la familia toda, quedaría a salvo de pasar necesidades económicas en el futuro.
La madre quedó bien impresionada al conocer la noticia, y ni por un momento pensó contársela a nadie, alegre y esperanzada ante un futuro feliz, se preparó una cena a base de col fermentada, patatas hervidas con finas hierbas, un esplendido codillo de vaca, y dos jarras de cerveza. La digestión de la cena debió ser difícil, porque al amanecer, la madre se encontraba en completa desazón, nerviosa e indecisa. Quería respetar la voluntad de su hijo, que tanta confianza le demostraba, pero callar el secreto a sus cuatro hijas, todas casadas y con niños, era demasiado para el corazón de una madre. Después de todo, ¿por qué no ayudarles a ganar un pellizco sin hacer mal a nadie?.
Revuelta así su mente, la mujer cedió a la tentación, y hay que decir que disfrutó al hacerlo. Reunió a sus hijas, les explicó el asunto y les exigió que no dijeran nada a sus maridos. Las hijas prometieron silencio; pero la debilidad ganó la partida, y los maridos se enteraron, y las familias de los maridos, y los amigos de las familias de los maridos, y los amigos de los amigos. Todos acudieron a Frankfort con el dinero que tenían, más el crédito que consiguieron, y todo lo invirtieron en acciones de la dichosa compañía minera esa.
Las casas de cambio y bolsa alemanas se alertaron frente a la avalancha de órdenes, y pensaron que lo mejor sería aconsejar a sus mejores clientes para que compraran. Por aquí y por allá, se decía, “Lo sé de buena tinta, la noticia viene de Londres”.
Pasó poco tiempo y la mujer recibió carta de su hijo, la abrió y leyó:
“Querida madre: afortunadamente el asunto que me ocupaba a terminado de forma feliz. (la madre aquí, no pudo evitar una sonrisa de satisfacción) Resultó ser, que recibí noticias de África aclarando que el filón de una mina de oro que tenía yo, no era tan bueno como decían, (aquí la madre se quedó de piedra) he podido vender en dos meses todas las acciones que había acumulado durante años. Gracias a mi habilidad y al altísimo precio que han alcanzado, no solamente me he salvado de la bancarrota, si no que he ganado una fortuna. Dentro de poco tiempo iré a veros y llevaré regalos”.
Meses después, el chico listo, regresó a su pueblo y se aseguró de que nada le faltara a su familia.(continuará...)

