Te produce una cierta mala leche el ver venir algo y que cuando lo comentes no te hagan caso. Te joroba que, aunque sea a cámara lenta, compruebes que el desenlace se torna inevitable. Cunde el desazón cuando encima te tachan de ave de mal agüero, de insolidario, de gafe, de cortedad de miras, etc. Pues bien, estos últimos días se ha reproducido esa sensación.
Soy muy crítico, y los que me conozcáis de tiempo ha lo sabéis bien, con la VPO. Muy mucho.
Estoy radicalmente en contra de la VPO en propiedad, de los espectáculos caciquiles de los sorteos de las mismas, de los pelotazos privados con dinero público que por protagonizarlos familias supuestamente humildes no dejan de tener tal consideración.
Creo que el problema era evidente. Incluso los más mayores defensores de políticas de vivienda protegida
arbitraron fórmulas para evitar comportamientos que deslucían la supuesta finalidad social de la vivienda protegida. Una de las soluciones era la
calificación permanente de las viviendas como protegidas, su imposibilidad de descalificarlas bien devolviendo las ayudas, bien por el mero paso del tiempo. Se trataba a si de mantenerlas sujetas a la esfera de la Administración que fijaría su precio máximo, tendría derechos de tanteo y retracto, etc...
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