Está Vd. invitado, le dijo el camarero mientras con la mirada le indicaba a Pedro quien le había pagado el café. Pedro sonrió al hombrecillo acomodado al fondo de la barra. Eso era lo que le gustaba del campo, de los pueblos: la buena gente, personas sencillas que, sin conocerte se abrían a ti, que hacían sentirse al forastero uno más. Gente auténtica. Y eso le llevaba a estar cada vez más convencido de lo correcto de su decisión, de abandonar la ciudad y montar un negocio de turismo rural, a pesar de dejarse en el mismo los ahorros de una vida y de lo dura que había sido la negociación con Jorge, al que a última hora, y bajo presión de una venta que creíoa hecha, Pedro le había logrado arrancar un descuento de 25.000 euros. Valía la pena.
Así que se acercó al hombrecillo y se saludaron. Se llamaba Juan, el típico agricultor de piel quemada por el sol y manos asperas como los troncos de los árboles. Pedro le contó que en breve serían paisanos, que había comprado la casona de Vega, y que su idea era convertirla, amén de en su vivienda, en un pequeño hotel rural. Por supuesto, Juan y los suyos estaban invitados a la fiesta de inauguración que daría en cuanto terminasen las obras, que esperaba que fuese en breve, ya que estaba loco por abrir.Tanto que, a pesar de que realmente iba a escriturar hoy ante Notario el vendedor le había dejado iniciar las obras con dos días de antelación. Leer más